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jueves, 16 de diciembre de 2010

The Great Pretender, The Platters, 1955


Las Saturnales eran unas fiestas romanas que se celebraban a partir de estas fechas, para celebrar el final de la época de oscuridad y el advenimiento del Sol Invictus, el 25 de diciembre. En ellas, todo el mundo participaba a lo largo de una semana en la que momentáneamente incluso llegaba a revertirse el rígido sistema social de entonces. Así, entre otras variantes, era posible que los señores sirvieran la comida a los esclavos.

En todo caso, su aspecto era más parecido al de un carnaval que al de una Navidad actual. Su arraigo era tal, que los cristianos fueron incapaces de suprimirlas, con lo que adoptaron una estrategia mucho más inteligente: convertirlas progresivamente en fiestas propias, empezando por el mismo día de la Natividad.

Desconozco si la reversión del orden social que tenía lugar en las Saturnales era tan absoluto como se suele presentar. Posiblemente, había de todo, como en botica. Dudo que fuera demasiado prudente propasarse con el amo, por más Saturnal que fuera, pero ciertamente las fronteras se diluían al menos en lo formal.

Una corriente de opinión considera que las actuales cenas de empresa son versiones en reducido de aquellas saturnales, por su carácter en principio igualador entre jefes y empleados. Realmente, creo que es un poco excesiva tal comparación, pero de nuevo en lo formal la cosa parece ir por ahí. Insisto, en lo formal.

Así que los que tengáis que pasar por estas pequeñas Saturnales (entre los que se incluye un servidor hoy mismo, en el momento preciso de la publicación de este post), recibid un briconsejo: cuidadín con tomarse demasiado en serio lo del compadreo. Guardad las formas...

¡Ah, la música! Hoy me apetecía traer hasta aquí este enorme temazo de los Platters, lanzado a finales de 1955 y que conseguiría alcanzar el número uno a principios del año siguiente. Va por ustedes, y por vuestras pequeñas Saturnales.

The Platters – The Great Pretender (por Spotify)



Letra de la Píldora.

Hasta la próxima.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Tutti Frutti, Little Richard, 1955


En cierta ocasión, con alrededor de nueve o diez años, vi por primera vez un programa musical de TVE de nombre bien curioso, presentado por el carismático (y, a su manera, extravagante) Carlos Tena. Por supuesto, era "A Uan Ba Buluba Balam Bambú". Sin embargo, lo mas sorprendente para mí no fue tanto el nombre como que nadie en mi casa parecía demasiado extrañado ante lo que me parecía un titulo incomprensiblemente difícil de aprender.

Y la cosa tenía su mérito, ya que frente a la tele, los miembros de la tribu familiar no desaprovechábamos nunca las oportunidades para hacer broma ante los nombres extraños. Memorable fue el día en que descubrimos que había un grupo llamado "Tarzán y su puta madre buscan piso en Alcobendas". Como fuera, el nombre de aquel programa, contra todo (mi) pronóstico, no había despertado ninguna reacción atípica.

¡Cómo podía saber que era, en realidad, la castellanización -o mejor dicho, la castización- de uno de los estribillos más célebres de la historia del rock and roll! Por supuesto, aquel fue el primer contacto, despistado, con la Píldora de hoy. Aún tardaría un tiempo en escuchar la versión original, y alguno más para descubrir que su título era muy diferente... Tutti Frutti.

Título que, por cierto, era toda una referencia al mundo gay. "Tutti frutti" era como en ciertos círculos se conocía a los homosexuales, y en la versión primera que interpretó Little Richard (que, por cierto, tiraba más bien para esta tendencia) la letra era tan pasada de vueltas (pero mucho), que hubo que cambiarla, hasta que quedó en el incomprensible pero magnético "a uan ba buluba balam bambú" tan conocido por estos lares...

El tema, lanzado en 1955, se convirtió rápidamente en todo un éxito, y Little Richard, en una estrella del naciente rock and roll, con el mérito añadido de ser negro -al igual que Chuck Berry-, en contraste con el resto de celebridades de entonces. Con el tiempo, la carrera de Richard tendría altibajos con frecuentes entradas y salidas, producto de su vinculación con la iglesia protestante (llegó incluso a vender Biblias a domicilio en los 80), pero su nombre había quedado ya definitivamente asociado al olimpo rock por derecho propio.

Little Richard – Tutti Frutti (por Spotify)



Letra de la Píldora.

Hasta la próxima.

viernes, 26 de febrero de 2010

Sixteen Tons, Tennessee Ernie Ford, 1955


"Cargas 16 toneladas, ¿y qué sacas de ello? / Un día más viejo y más endeudado / San Pedro, no me llames, pues no puedo ir / Debo mi alma al almacén de la Compañía". Cuando Tennessee Ernie Ford -este señor con aspecto de fachilla franquista en camisa de cuadros- ponía en el número uno Sixteen Tons, popularizaría la que es, seguramente, la canción que mejor ha explicado la vida de un trabajador de a pie. Originalmente, su compositor, Merle Travis, hablaba de mineros de Kentucky, pero su letra podía -y puede- ser aplicada a cualquier obrero de cualquier parte del mundo.

Y en estos días, más que nunca, justo cuando parece que acabaremos teniendo un par de años extra de vida laboral, hasta los ya célebres 67 tacos. Vayamos por partes. Es verdad que la muchachada cada vez dura más en casa y a golpe de subvención público-familiar. Y también es cierto que cada vez vivimos más años. Así que tiene toda la lógica pensar que hay que incrementar la vida laboral. Pero...

... dos cosas. La primera, es el pésimo momento de plantear una medida así, en mitad de una durísima crisis. Con cuatro millones y pico de parados, si el problema es incrementar la base de cotización, ¿no es mejor aprovechar algunos millones de brazos jóvenes en stand by, que forzar a los más mayores a aguantar un tiempo más?

Y la segunda. A menudo, me paro a escuchar a esa subespecie de periodistas cuyo verbo fácil y opinión incontinente contrasta con su poco o nulo conocimiento de la vida real, conocidos como "tertulianos". Pues bien, es fácil sentir a la mayoría de estos tipos de jeta traventina y bolsillo panzudo cosas como "pues a mí el Gobierno no tiene que decirme que me retire a los 65, pienso seguir trabajando hasta los 70, y más allá". Claro, y con su nivel de estrés (limitado a elegir entre Gin Tonic o Whisky Sour) podrían trabajar hasta los 130 años, si no se los cargara antes tanta autocomplacencia.

Pero pensad un momento: el grueso de los trabajadores, desde la obra hasta los despachos, suele llegar a los 60 bastante cascado. ¿Cómo se le puede pedir a un albañil una propina de dos años más? ¿O a un camionero? ¿O incluso a un oficinista? ¡Si, además de una cafrada, es imposible que sean igual de productivos, puestos a pensar como un patrono! Realmente, con el tiempo (y no demasiado) habrá que afrontar una reforma de la edad de jubilación, pero no ahora y, desde luego, no generalizada, sinó según los trabajos.

Y puestos a reformar, una propuesta más: al menos un día a la semana, un pico o una pala para los tertulianos. A ver qué opinan... hum. Les tendré que dedicar una Píldora sólo para ellos...

Tennessee Ernie Ford – Sixteen Tons (por Spotify)




Letra de la Píldora.

Hasta la próxima.