Y llegó la Navidad. Así que no quiero pasar de estas fechas sin desearos unas Felices Fiestas e informaros de que las Píldoras ¡acaban de sobrepasar el MEDIO MILLÓN de visitas! Sois la leche, medio millón de abrazos para vosotros y vosotras y a por el próximo medio millón.
En cuanto al tema de hoy, podría comentaros que es, junto a White Christmas, el más popular de la historia, y que nació poco más o menos justo cuando aquel se convertía en un himno de la mano de Bing Crosby. Podría comentaros también que lo ha versionado todo hijo de vecino, desde Johnny Cash hasta David Bowie, pasando por Alicia Keys, Jimi Hendrix o Bob Dylan.
Pero todo ello palidece en nuestros pagos con la versión en castellano que Raphael hizo suya allá por mediados de los años sesenta, hasta el punto de convertirla en una de sus piezas más emblemáticas.
Lo de hoy ya no puede considerarse simplemente un hit, a diferencia de los publicados en los anteriores posts. Ni hit personal, ni general, ni nada por el estilo. Esto es esencia pura de rock and roll, tan historia del siglo XX como la Guerra del Vietnam, la liberación sexual o la cultura de masas.
Qué curioso, ahora que me fijo. Las tres referencias finales del párrafo anterior tienen, de alguna forma, algo que ver con la canción de hoy. Os aseguro que ha sido totalmente involuntario: el subconsciente, supongo. Pero es así: Satisfaction, amén de ser contemporánea a la Guerra del Vietnam (a la que puso música nada menos que en Apocalypse Now, por ejemplo), supuso la consagración planetaria de los Rolling Stones, por bien que ya llevaban tres números uno a sus espaldas para entonces.
Pero además, su letra, que hacía referencia mayoritariamente a las frustraciones del consumismo, acabó siendo totalmente vinculada a la tentación del sexo. Desde luego, lo era también en su sentido literal, pero casi inmediatamente esta interpretación acabó anulando a la otra. Lo cual tenía su lógica en tanto estaba visualizada bajo la imagen de Mick Jagger, algo así como el yerno que ninguna suegra querría tener en 1965... aunque con el tiempo se equivocarían una vez certificadas las increíbles capacidades de hacer dinero del muchacho.
A todo lo anterior se sumó un riff de guitarra del que creo que no puede decirse nada de él, simplemente dejarse llevar. Su sonido durísimo para la época, y su ritmo machacón acompañado de la batería implacable de Charlie Watts, transformaron a Keith Richards en un héroe capaz de hacer sombra al mismísimo Jagger.
En definitiva, lo dicho: pura historia del siglo XX.
Ni es una canción dedicada al marmóreo rostro de quien la cantaba, ni a la devastación que su señora podía hacer en la cuenta corriente familiar. En realidad, Cara Mia -chistes gilipuertas aparte- quiere decir en italiano "querida mía" o, más coloquialmente, "cariño mío". Y con ese título se abría una de las canciones más exitosas del siglo XX.
En cuanto escuchéis el tema, os daréis cuenta de algo. No suena demasiado a 1965. Antes bien, recuerda mucho más a aquellas canciones melódicas vocales de los años cincuenta, a lo sumo con una base rítmica modernizada para la época.
Tiene su explicación. En realidad, Jay and The Americans no fueron los primeros (ni los últimos) en interpretar el tema de hoy. Ni siquiera, hasta cierto punto, los más exitosos, aunque llegaron a obtener nada menos que un cuarto puesto en el Billboard.
Hay que remontarse a 11 años antes, incluso en los momentos previos a la explosión del rock and roll, para encontrar el auténtico momento de Cara Mia como canción. Tuvo lugar en Gran Bretaña, de la mano de David Whitfield acompañado de la Orquesta Mantovani. Con él, la pieza se alzó hasta el número uno... y lo hizo batiendo todos los récords concebibles en el momento: lo fue durante diez semanas. Incluso se coló en el Top 10 norteamericano.
Sin embargo, Jay and The Americans tuvieron el acierto de actualizar un poco la canción -aunque como vemos, no tanto como pudiera parecer- y acabaron quedando como los responsables de la versión más recordada. Y es que no hay nada como triunfar en Estados Unidos, desde luego.
En cualquier caso, ahora ya sabéis a qué se referían con eso de "Cara Mia". Que os conozco.
Rock clásico para un cierre de dos días intensos en los que he visitado primero la Festa Major de Granollers (tropa azul) y más tarde la jornada castellera en la Festa Major de Vilafranca (supporter de los Castellers). Teniendo en cuenta el arrastre para el que me he quedado y la hora ultranocturna que es, casi mejor cedo paso ya directamente a la música, de la mano de este conocido temazo de los Spencer Davis Group, con el que llegaron al número uno en enero de 1966.
Por hoy, ya he corrido bastante: que lo hagan ahora los muchachos de Steve Winwood. Buenas noches...
Píldora brevísima por el mismo motivo por el cual no hubo ayer: no me fío de la conexión de Internet, que hace 24 horas me dio el salto y hoy va a ratos de lo más inquietante. Así que rápido y al trapo.
Stop! In The Name of Love es uno de los numerosos megahits que las Supremes -las originales de verdad, no las de Móstoles- se marcaron a lo largo de los años sesenta. Y de los grandes: llegó al número uno en la primavera de 1965 desbancando nada menos que al Eight Days a Week de los Beatles. ¿Que si lo conocéis? Dadle al play, y ya veréis...
Os dejo ya. Voy a darle al botón de "publicar" encomendándome a todo lo divino y humano para que la conexión funcione. Y que sea lo que Dios quiera.
La Píldora de hoy es una pieza de difícil clasificación musical, por más que se trata de uno de los temas más carismáticos de los años sesenta. Sus autores, The Seeds, apenas serían recordados con el tiempo por este y por otro tema más, pero fue suficiente para que dejaran su particular huella en la historia del rock.
Can't Seem to Make You Mine es una brilliante mezcla de rock de garaje, psicodelia, y hasta toques surf marcados por la peculiar voz amarga del cantante del grupo, Sky Saxon. Sin embargo, hacia 1965, cuando fue lanzado, no obtuvo más que un cierto éxito local en California.
Tuvo que esperar hasta 1967 para tener un mayor reconocimiento en las ventas, y tan sólo después de que otro tema de la formación, Pushin' Too Hard, se colara en las listas en 1966. Esto hizo que se replanteasen volver a editar Can't Seem to Make You Mine, con unos resultados -ahora sí- mucho mejores. No deja de tener cierta gracia que la canción triunfara ya en plena explosión psicodélica, dejando entrever que, en cierto modo, en su momento se había adelantado a su tiempo.
En definitiva, rock clásico del que no caduca: antes bien, del que con el tiempo, como los buenos vinos, ganan en valor. Nos vemos.
¡Y nos dieron las mil! Nunca mejor dicho: con el post de hoy, son un un millar las ocasiones que hemos tenido todo el mundo de vernos un rato, de escuchar buena música -está bien, a veces, simplemente, música divertida- y de irnos a dormir o de levantarnos con las mejores vibraciones.
Debo admitir que la elección de hoy la he estado pensando bastante tiempo, sin llegar a una decisión firme en ningún caso hasta el último momento. Un pequeño hito como éste, mil posts en un blog, no es para menos y la cosa estaba un tanto difícil. Para empezar, porque con novecientas noventa y nueve canciones a las espaldas, muchas de las que podrían servir ya estaban publicadas. Además, también quería que fuera algo arrollador y, por si fuera poco, bien conocido por todas y todos, tanto en España como en el resto del mundo, de donde proceden la mayor parte de vuestras visitas.
Esto quitaba peso a dos candidatas en mente: porque aunque hemos pasado casi mil veces viviendo en la era pop (esos Flechazos) y puedo aseguraros que apenas hemos comenzado (esos Carpenters, sí Juanjo, casi colaron esta vez) ambos temas adolecían de no tener algún requisito de los anteriores.
Y, de repente, se me apareció ayer cual imagen sacra el bueno de James Brown chillando I Got You (I Feel Good!)¡Bingo! ¡Porque me tenéis enganchado... y me siento bien!
¡A por las siguientes mil, pildoreras y pildoreros!
A cualquiera que le guste el rock de garaje, el nombre de los Sonics le resultará poco menos que una orden de su sargento para ponerse firmes, taconazo incluido y palma en la frente. Porque estos tipos, en su ramo, influenciaron el rock como pocos otros grupos en la historia. Sin ellos, el punk hubiera tardado más y el grunge tal vez no hubiera existido en su forma definitiva.
No exagero. Meteos en la mente de un chaval de 1965 en la medida en que esto sea posible, o preguntad a vuestros padres si eran de la quinta y les gustaba el rock. Una vez hecho lo anterior, considerad el estruendo que llegaba a meter esta gente, en una modalidad entre pedrestre y lisérgica.
Servidor escuchó por primera vez a los Sonics apenas cruzados los 16 años gracias a la magnífica colección de discos que tenía un compañero de instituto -posiblemente, su padre, aunque, indudablemente, el tipo sabía de música-. Y Strychnine (oda a dicha sustancia química) fue el primer tema original suyo que oí, lo cual no era casualidad. Lo había descubierto apenas unos minutos antes de la mano de una versión de otros insignes de la música garaje pero de muchos años después, los Fuzztones, y pronto descubrí que casi era un estándar del género que recibiría múltiples interpretaciones.
Antes de acabar he de comentar un par de pequeños apuntes. El primero es que no fue single ¡hasta 1998!, más de treinta años después de su edición dentro del primer trabajo del grupo norteamericano. Normalmente, suelo respetar las fechas de los sencillos, pero esta vez me parecía tan absurdo el decalaje, justificado tan sólo por un cambio discográfico, que he preferido dejar la portada de 1965 por más que no era de ningún sencillo.
El segundo es que no estoy seguro de que este clip haya acompañado nunca al tema. Ni siquiera pondría la mano en el fuego en que sea de un guateque real de los años sesenta. Pero, entre nosotros, la verdad es que no queda muy mal, así tan majara. Eso sí, de los Sonics, na de na. Es lo que tenía ser un grupo minoritario: que de salir en la tele, tirando a poco...
Ya hemos referido en otra ocasión que lo que los Beatles han sido al cuerpo del rock, Dylan lo ha sido al espíritu. Y de su fascinación mútua y conjunta surgió la gigantesca revolución musical de finales de los sesenta, sin la cual nada de lo actual sería comprensible en buena medida.
Uno de los puntos de inflexión de la influencia de Dylan, más allá de su conversión al credo eléctrico a finales de 1964, fue el lanzamiento de Like A Rolling Stone. Su célebre "How does it feels?" ha quedado marcado a fuego como uno de los versos más emblemáticos del siglo XX.
Pero ¿a qué se debió tamaño impacto? Fue un poco de todo. Muy poco antes, los Byrds habían empezado a vender como rosquillas sus versiones de Dylan en su característico estilo melódico y ensoñador, hasta meterlo en el número uno. Así que la llama estaba encendida, si bien el giro eléctrico del cantautor llevaba un camino mucho más pesado y ruidoso. Era algo mucho más propio para canciones como la de hoy, un amargo canto lleno de matices a la realidad del que tuvo y dejó de tener, y que colocó fuera de juego a todo aquel que la escuchó.
Entre éstos últimos se encontraba un John Lennon que quedaría para siempre marcado, y que llamó a su compañero Paul McCartney para que lo escuchara. Ambos acabaron impresionados. Tal vez aquel fue el inicio de lo que vino después. Porque todo había cambiado cuando aquel tal Dylan se había colocado nada menos que en el puesto número dos de las listas, pisando los talones a la depre de Lennon cantada al ritmo alegre de Help!.
PS: Efectivamente, los que acompañan a Dylan en el vídeo son The Band. No grabaron el tema en estudio, pero por entonces arropaban al cantautor en todas sus eléctricas actuaciones. Bien visto, compañía.
Los Animals han pasado ha la historia de la música rock como los responsables de la que es posiblemente la mejor versión jamás interpretada de La Casa del Sol Naciente, la inmortal House Of The Rising Sun. Sin embargo, durante el corto espacio en que la formación funcionó en su formato original, grabó varios álbumes y singles realmente imprescindibles.
Seguramente, el más conocido de ellos -con la lógica excepción arriba apuntada- sea este Don't Let Me Be Misunderstood. Tema pop sin ambages con unos acordes de aires vagamente hispanos, asimismo se convertiría en un hit en toda regla, escalando a ambos lados del Atlántico (el clip es de nada menos que del Ed Sullivan Show) hasta los primeros puestos del chart.
Sin embargo, no fue escrito por ellos. Ni siquiera para ellos. Con frecuencia, estamos acostumbrados a escuchar a Nina Simone haciendo soberbias versiones de canciones de otros. Sin embargo, cuando Bennie Benjamin, Gloria Caldwell y Sol Marcus compusieron Don't Let Me Be Misunderstood, inmediatamente la pusieron en voz de Nina. El resultado fue un tema lento, entre el jazz y el pop... que los Animals transformaron en otra cosa absolutamente diferente, bajo la desgarrada voz de Eric Burdon y el omnipresente órgano de Alan Price.
Aquel fue el espaldarazo definitivo para la canción, que comenzaría en breve a recibir versiones de todo tipo, entre las cuales cabe destacar la de Joe Cocker (otro gran versionador), Cyndi Lauper o la muy exitosa de Santa Esmeralda a golpe de música disco setentera. Incluso Cat Stevens, ya en su faceta islámica como Yusuf, hizo una adaptación más que notable. Con todo, ninguna de ella llegó a tener la repercusión que tuvo la de los Animals.
Poco tiempo después, la formación británica (al menos en esta alineación clásica) se deshizo, minada por el choque entre Burdon y Price, y con un bajista Chas Chandler que en muy breve empezaría a hacerse de oro descubriendo y produciendo auténticos blockbusters, como Jimi Hendrix o, posteriormente, los Slade.
Sin embargo, para entonces, ya se habían ganado su trozo de cielo en el firmamento rock.
I Got You Babe es, junto aSan Francisco de Scott McKenzie, la canción que más hizo en la historia del pop por abrir la cultura hippie al gran público, con el mérito añadido de adelantar en dos años lo que luego sería el famosísimo Summer Of Love de 1967. Lo cual no deja de tener una enorme ironía atendiendo a los dos personajes que interpretaban el tema.
En primer lugar tenemos a Cher, que es la chica alegrona del clip vestida con un pijama indio, detalle que aclaro por si acaso no la habíais reconocido, lo cual no me extrañaría. Esta muchachilla sería la que con el tiempo se convertiría en la reina de las pistas de baile y en la emperatriz de los quirófanos. Pero para 1965, a lo mejor intuyendo la que iba a ser la moda más chic de los siguientes dos o tres años, se erigió en superestrella pop de aires hippies.
De todas formas, para caso raro, el del que entonces era su marido, Sonny Bono, que es el tipo ya madurito del vídeo, el que parece que lleve una peluca imitando a los Beatles. Por entonces, el chaval ya andaba por los treinta, y de contracultural tenía lo justito, ya que era un compositor y productor con algunos éxitos a sus espaldas. De hecho, I Got You Babe fue escrita por él, y no tanto por auténtica inspiración hippie como por observar la fama que el folk estaba asumiendo gracias a Dylan: parece ser que quiso escribir algo a la estela de su tema It Ain't Me Babe. Lo de "babe" sonaba bien... y mejor que le sonaría tras el rotundo número uno que la canción de hoy se marcó por la mayor.
Con el tiempo, Sonny y Cher se divorciaron, con aparentes casos de malos tratos por medio. Tanto I Got You, y tanta paz y amor, y por lo visto lo que tenía más largo era la mano. Si ella (que cosas de la vida, no dejó de apreciarle) optó por el muy lucrativo camino de las divas, él no se quedó corto, y su historial aparentemente hippie terminó con un escaño en el Congreso norteamericano... por el partido republicano -vaya tela- hasta su malogrado final en 1998 a raíz de un accidente de esquí.
Eso sí, ambos sujetos dejaron una canción que, a pesar de toda la sorna y coña anterior, deja un buen rollo como pocas. Eso se les ha de reconocer.
Sólo ver la carátula del disco, habréis adivinado que la de hoy no será una Píldora al uso. Y tenéis razón. Estos días se celebra la Semana Grande de fiestas familiares, en las que los días 9, 10, 11 y 12 pillamos alguno o algunos de los miembros del clan Alberca-Rodríguez. Si ayer era el aniversario de mis padres, hoy, día 10, es mi señor papá quien cumple años.
Así que qué menos que marcarnos una Píldora que seguro que le va a gustar. Y, de paso, a mí también. Mi padre, del que por aquí hablo bastante, es un gran aficionado a la música de Ennio Morricone desde que lo conozco. Por casa, siguen circulando cassettes (¡y funcionales!) con música del insigne compositor italiano, especialmente con piezas de los inolvidables spaghetti westerns de Sergio Leone.
Así que aquí dejo una de aquellas piezas que tan bien quedaban en las pelis del Oeste grabadas a medias entre Almería y Cinecittà, con unos formidables Clint Eastwood y Lee Van Cleef que parecían hechos a la medida. Sé que podría haber puesto tanto éste como cualquier otro tema: El bueno, el feo y el malo, El Hombre de la armónica, Por un puñado de dólares... pero finalmente escogí Sixty Seconds To What (en castellano, Sesenta segundos) por su capacidad para seguir poniendo los pelos de punta.
Y es que pocas piezas de aquella colección de pequeños clásicos transmitían tanta tensión como ésta. Tras el punteo nervioso de guitarra inicial, arrancaba aquel órgano barroco a toda castaña, para dejar paso después a la sección de estilo western fronterizo. Por no citar el sonido del relojito con el que El Indio (el actor Gian María Volonté) mostraba el tiempo de vida que le quedaba a quién quería ejecutar enLa muerte tenía un precio. Precisamente, sesenta segundos.
En fin, papá, espero que te guste. Y a los demás, por supuesto, también. Os veo mañana de nuevo en el día de mi cumple.
Como os dije hace unos días, traería algo inspirado en la serie que me gusta ver los jueves por la noche (y que en nada imagino que empezará): Los Tudor. La verdad es que su protagonista, Jonathan Rhys-Meyers, se asemeja físicamente bien poco a aquel bestiajo pelirrojo casi más ancho que alto que era Enrique VIII.
Sin embargo, su interpretación sí que recoge magníficamente el aire despótico y taimado, además de excesivo, que marcaba el carácter del monarca inglés. En cierto modo, con todas las distancias posibles propias de la época y de la diferencia entre personajes, recuerda a la magnífica interpretación que en su día hizo Joaquin Phoenix del emperador romano Comodo en Gladiator. Asimismo, la serie recoge de forma bastante inteligible las complicadas maniobras políticas del Renacimiento europeo.
En fin, que en cuanto acabe de escribir, ya sabéis lo que voy a hacer. Pero mientras, por si alguno o alguna de vosotros quiere ir echando un vistazo a las Píldoras, os dejo con este curioso tema de 1965 interpretado por uno de los grupos británicos de más éxito del momento, los Herman Hermits.
Si alguien espera una canción llena de pompa y circunstancia, mejor que lo deje correr por el momento. Por el contrario, se trata de un tema que suena casi infantil o, a lo sumo, adolescente. No obstante, en realidad, los jovencísimos Herman Hermits sólo versionaron al estilo beatle lo que era una pieza procedente de un musical datado en nada menos que 1910, titulado I'm Henery the Eight, I Am (sí, "Henery", en acento cockney londinense).
La versión de 1965 fue un bombazo que se convirtió en el tema más rápidamente vendido de la historia hasta aquel momento. Posiblemente, sin los Beatles, los Herman Hermits -como otros muchos grupos- no hubieran tenido la fama que luego alcanzaron, pero entre 1964 y 1967 consiguieron una cantidad de hits nada envidiable, amen de actuar en lugares como el célebre Ed Sullivan Show, como podéis ver en el clip.
Y un poco de mérito tenía la cosa, porque si su música al menos era divertida y hasta en algunos casos bastante decente, lo que era el swing no lo tenían muy de la mano. Vamos, que no eran unos James Browns de serie. He visto a chimpancés con más gracejo bailongo que el cantante, desde luego. Juzgadlo vosotros mismos.
PS: la letra NO va del rey Enrique VIII, por cierto. De hecho, es una coña que cuenta casi lo contrario. Trata de un tal Henry que se acaba de casar con una viuda que a su vez ha estado casada antes siete veces con otros tantos hombres llamados Henry. Así que...
El tema de ayer, de los Housemartins, estaba salpicado de referencias más o menos veladas al cristianismo y al marxismo, como vimos. Pues bien, no eran ni la mitad de la cuarta parte de las que dispone este número uno absoluto de finales de 1965. Seguimos, pues, con la cruz y el martillo.
Para empezar, considerar que Turn! Turn! Turn! tiene "referencias veladas" a la religion es, en realidad, como decir que Fernando Alonso conduce "un coche". Prácticamente toda su letra está incluida en el Antiguo Testamento, concretamente en el Libro de Eclesiastés. No obstante, la autoría de la canción se atribuye al cantautor Pete Seeger, que la musicó en 1959 y le añadió el último verso.
Lo anterior, en cuanto a la cruz. ¿Y el martillo? Porque hasta ahora más bien se podría pensar que el tema es todo un triunfo de los ultras protestantes. Nada más lejos. En realidad, la letra era un canto a la paz en el mundo, lanzada por un cantautor que era un inquieto activista y uno de los relativamente escasos militantes del Partido Comunista de los Estados Unidos (que existe, para el que quiera apuntarse y vivir tranquilo entre sus vecinos de allá).
En 1965, The Byrds, que ya eran unos expertos en convertir temas folk en grandes hits pop, recogieron la canción y la transformaron a su estilo marcadamente melódico y eléctrico. El resultado hizo furor: durante la mayor parte de diciembre de aquel mismo año, Turn! Turn! Turn! coronó las listas del Billboard.
Lo cual conduce a una curiosidad. En tanto Pete Seeger sólo añadió un verso, puede decirse que la letra data ciertamente de la Antigüedad. Por lo tanto, no es descabellado afirmar que el tema es el número uno con los textos más antiguos de cuantos han habido. Pero aún hay más: suele atribuirse el Eclesiastés nada menos que al... hum, mejor lo digo de esta otra manera: tenéis delante el único número uno compuesto por el Rey Salomón. Toma ya.
Después de la memorable (¡uf!) escena de guateque del clip de ayer digamos que poco digna de la canción y aún menos del personaje en cuestión, casi no me he podido resistir a enchufar una de esas canciones que cuesta de imaginar reproducidas en otra cosa que no sea un tocadiscos de aquellos portátiles que todo papá gustaba de lucir con los amiguetes de cuba libre o de peppermint.
Nowhere To Run es, por derecho propio, uno de los temas más célebres del soul fabricado en la Tamla Motown. Sus intérpretes no llegarían a ser con el tiempo tan recordadas como las Supremes -tal vez con la excepción de la propia Martha Reeves-, pero durante algunos años firmarían hits de escala global como el de hoy.
Como siempre digo, la mejor prueba sobre la potencia de un tema o de una interpretación es la capacidad de quedar en la mente del personal. Porque más allá del octavo puesto en el Billboard en 1965, Nowhere To Run no tardó nada en colarse, musicalmente hablando, en todas partes.
Por ejemplo, en la Guerra del Vietnam las tropas hicieron suyo el tema, que era muy tentador de cantar a pleno pulmón mientras se marcaba el paso, con la coña añadida de que no sabían adónde iban a enviarlos a matar vietcongs. Un guiño a este comportamiento fue la inclusión de la canción en el estupendo film Good Morning Vietnam. Y aún hoy es muy común que las bandas musicales amateurs norteamericanas toquen esto al marchar en desfiles.
Pero para guasones, los ingleses. En 2010, una cadena incluyó el tema como sintonía para anunciar una serie de programas de televisión. ¿Que de qué iban dichos programas? Eran los debates para las elecciones generales británicas. Qué tíos.
Ni punks, ni heavies, ni demás personajes varios de adscripción ruidosa. El honor de interpretar uno de los temas más apocalípticos -y a la vez más bellos- de la historia del rock correspondió a un individuo de voz ronca y estilismos musicales dylanianos. Y nada menos que en 1965.
La verdad es que nadie estaba preparado para algo así. Los Beatles estaban madurando la música a marchas forzadas y Dylan empezaba a ser algo más que una referencia señera en el mundillo folk, pero lo que el cantautor P.F. Sloan compuso describiendo el mundo que le rodeaba, era absolutamente inaudito. Tanto, que la canción fue rechazada por The Byrds, a quienes se ofreció inicialmente. No parecía muy atractivo eso de anunciar poco menos que el fin de la civilización.
Finalmente, se hizo cargo del tema el también cantautor Barry McGuire. Y fue sensacional. Su voz rota, rotísima, se ajustaba como un guante a aquella letra tan políticamente tremenda, cruda y desesperada. El resultado fue que Eve Of Destruction caló enormemente en el gran público, hasta el punto que llegaría a conquistar ¡el número uno en Estados Unidos! Y a lo grande, desbancando de dicho lugar a nada menos que al Help! de los de Liverpool. Ni las frecuentes censuras de numerosas emisoras -horrorizadas por la letra-obstaculizarían el camino del tema hasta lo más alto de las listas.
Un impacto enorme que llegó a tener sus paradojas. El clip que podéis ver a continuación pertenece a la más célebre aparición de McGuire en televisión, en el programa musical Hullabaloo, junto a aquel decorado inquietantemente casi post-nuclear. Pues bien, quien introdujo el tema fue... un repeinado Jerry Lewis, nada sospechoso de ser un tipo rebelde con el régimen. Y acompañado de su hijo Gary, el líder de una banda de carácter festivo y poco subversivo que, tal vez, un día traigamos por aquí. Porque ¿quién dijo que el apocalipsis no podía tener su parte publicitaria y rentable?
Hace no mucho, recreábamos cómo pudo ser una tranquila tarde de 1976 cuando de repente en la tele del comedor de casa aparecieron cuatro tipos andrajosos y lanzaron para siempre el movimiento punk. Pues bien, lo de hoy, allá por 1967, debió de ser mucho, mucho peor.
En varias ocasiones, en las Píldoras se ha apuntado el parentesco directo entre los movimientos mod y punk, por el que los primeros no fueron más que los hermanos mayores de los que luego se marcarían imposibles crestas. Pero, en esencia, por actitud la cosa era bastante igual: chavales de suburbio bastante descontentos con su entorno y plenamente conscientes de su condición de nueva generación.
Pues bien, en el documento de hoy podréis comprobar hasta qué punto mods y punks iban muy de la mano, con apenas una década y algo de diferencia. En el 67, The Who, la gran banda mod del rock and roll -paradigma de chaquetas Union Jack, Lambrettas y hostias a go-gó con rockers- estaba pasando un breve momento psicodélico (como casi todo el mundo) y un tema suyo de por entonces, I Can See For Miles, tuvo bastante éxito en Estados Unidos.
Así que, lógicamente, miraron de ganar algo de tirón en aquel país, aunque lo hicieron no tanto a rebufo de la psicodelia -todo y que las pintas que se marcaban apuntaran a lo contrario- como rescatando lo más salvaje de su período mod inmediatamente anterior. De acuerdo con este espíritu, en el Festival de Monterrey se marcaron una auténtica orgía destructora en el escenario, de esas que muchos grupos heavys ya quisieran emular.
Pero la imagen que quedaría para el espectador norteamericano medio sería precisamente la que veréis a continuación. Os hago una breve recensión para que vayáis sobre aviso. La banda fue invitada a un espacio de comedia, The Smothers Brothers Comedy Hour. El inicio es así como muy ramplón: un grupo pop vestido a la moda dieciochesca psicodélica, bromeando con el presentador, que va vestido impolutamente pero en plan "yo también soy moderno". Tras ello, arrancan a tocar My Generation, todo un hit de dos años atrás en su Gran Bretaña natal, y paradigma de la rabia mod. La cosa fue más o menos bien hasta que... mejor lo veis. Sólo diré que hasta cargaron de pólvora uno de los instrumentos. Si eso no es actitud punk...
De unos años a esta parte, a pesar de los esfuerzos de triunfitos y golpes de efecto de algún que otro friki, Eurovisión ya no es ni lejanamente lo que era. Ahora, verlo es una cuestión más de cotilleo que de otra cosa, y cuando no hay ni eso, pues eso, ni eso. Pero no podréis negar los que conocisteis al Festival en sus años de gloria que, durante una noche de mayo, no os parábais a ver cómo iba ni un ratito...
Pues bien, tenemos una amiga que, aún hoy, en cada edición se pone a ver el concurso por auténtica afición. Vamos, que le gusta Eurovisión. Y no por las puntuaciones, que están más prefijadas que las normas del Monopoly, o quién ganará. No. Le gusta ver el repertorio y seguirlo, tal y como se hacía décadas atrás. Ah, y lo hace con sus dos niñas, de corta edad, para que vayan conociendo también el Festival desde pequeñas, como hicimos todos en su día.
Vaya, pues, dedicada a tamaña fan eurovisiva el tema de hoy, que sabrá apreciar en todo lo que vale. Poupée de cire, poupée de son fue la canción ganadora del Festival en 1965 -en plena Edad de Oro del mismo-. Se trata de un tema en la línea del más absolutó ye-yé francés de la época, y aunque suene algo ramplón, personalmente lo considero una pequeña joyita musical. Muy particularmente, me gusta la interpretación en directo y orquestada que se hizo en el propio Festival tras haberse hecho con el triunfo. Es la que tenéis más abajo.
Hay que decir que France Gall (la misma que grabó la versión original en 1987 del hit que hace pocos años reinterpretó Kate Ryan, Ella Elle L'a), a pesar de su galicísimo nombre artístico, representó a aquella vez a Luxemburgo, a la que dio la victoria con un tema compuesto por... otro francés, de no menos renombre: Serge Gainsbourg. Como véis, por entonces, todos los países apostaban fuerte por hacerse con el triunfo en Eurovisión... incluso tomando prestados a lo mejor del vecino...
La fusión entre el rock y el folk, personificados en la década de los sesenta por los Beatles y Bob Dylan, respectivamente, tuvo uno de los mayores puntos de unión en la banda protagonista de hoy, los norteamericanos The Byrds. Su estilo, un pop de guitarras distorsionadas de forma muy dulcificada y ensoñadora, se hizo famoso al transformar algunos temas de Dylan en hits a escala mundial.
Sin duda, el más conocido de todos fue este Mr. Tambourine Man, de 1965. Se cuenta que cuando el propio Dylan escuchó la versión de los Byrds, exclamó algo así como "¡si hasta se puede bailar!". Según nuestros estándares, tanto como bailarlo no, pero para un compositor folk cuyas veleidades eléctricas eran aún incipientes, la cosa sonaba a puro techno.
Hay que decir que The Byrds no sólo versionaron al de Duluth. Otro de sus temas más célebres, Turn! Turn! Turn! eran unos salmos bíblicos adaptados por el cantautor Pete Seeger y convertidos al sonido pop del grupo. Y, por supuesto, tenían sus temas propios, no inferiores en absoluto a los que versionaban: su álbum 5th Dimension, de 1966, y que abría su etapa psicodélica, es absolutamente genial.
Por cierto, una observación antes de acabar. Si os fijáis en el vídeo, al final del mismo el grupo aparece tratando con el presentador. Éste es Frankie Avalon, una estrella juvenil de finales de los cincuenta, es decir de apenas cinco o seis años antes. En comparación con The Byrds, parece sacado del álbum del abuelo. Si os parece que ahora cambian las modas...
Seguramente, en más de una ocasión habréis visto por la tele alguna imagen de alguien hablando o cantando mientras lanza carteles al suelo con palabras que, al mismo tiempo, va diciendo. Este gesto, por lo demás extraño, se trata, en el fondo, de todo un clásico.
Los más sagaces -osea, todos vosotros- ya habréis llegado a la conclusión correcta, entre otras cosas porque sin duda conoceréis el original, pero por si hay algún despistado, esta performance cartelera no es más que el contenido de uno de los primeros videoclips de la historia. Y lo protagoniza uno de los grandes entre los grandes, nada menos que Bob Dylan.
Pero, ¿y quién es Dylan? La mejor forma de definir su influencia es a través de unas palabras de Bruce Springsteen: "sin Bob Dylan, The Beatles no hubieran hecho el Sergeant Pepper's, los Sex Pistols no hubiera hecho God Save The Queen y U2 no hubiera hecho Pride (in the Name of Love)". Y tiene toda la razón. Hasta Dylan, el rock tenía cuerpo. Desde Dylan, adquirió espíritu.
Y sin embargo, el cantautor norteamericano no era un rockero. Lo suyo era la música folk, junto a las influencias de los poetas de la generación beat, como Allen Ginsberg (por cierto, es el señor calvo y con barba que aparece al fondo en el vídeo). Todo cambió cuando un día de 1965 apareció en el Festival folk de Newport -concentración de allatolahs y fanáticos puristas folkies y jazzies-... con una guitarra eléctrica y un grupo rock. Aunque no fue abucheado como se suele contar, no fue bien acogido. Sin embargo, ese día ha pasado como uno de los anales de la historia del rock, al ser la primera vez que éste llegaba a fusionarse con la profundidad y el compromiso de las canciones folk.
Así que, por si os quedaba alguna duda, ya sabéis alguna cosa más de Bob Dylan. Con los años, su carrera ha tenido altibajos, pero cada vez que pasaba por un "alto", realmente lo era de verdad. Sin duda volveremos en otras Píldoras a su repertorio, pero por lo pronto, hoy nos quedamos con este enorme -y eléctrico- Subterranean Homesick Blues. Amén.