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martes, 31 de diciembre de 2024

Lucy in the Sky with Diamonds, The Beatles, 1967

 



Bien, ya estamos otro año aquí (¿alguien recuerda cuando cada post era diario?), como siempre, apurando el calendario hasta rozar el larguero. Siempre digo que, tarde o temprano, volveré a escribir más Píldoras con mayor frecuencia. Pero, de momento, esto de hacerlas el último día del año se está convirtiendo en una tradición. Y no será por vagancia: es que entre tanto aquí y allá, mirar y fotografiar planetas y estrellas, y demás actividad cotidiana, el pobre blog ha quedado en estado vegetativo. O, al menos, en recurrente resurrección cada 31 de diciembre. 

Prometo darle más cancha. Como ya llevo prometiéndolo nosecuántos años. Quién la sigue, la consigue. 

Pero vayamos al turrón, quiero decir, a la canción. No creo que necesite demasiada introducción, ni ella, ni el grupo que la firmó, aquellos cuatro tipos que aún hoy siguen ocupando la cima en la música popular de los últimos sesenta años... tras llevar más de 54 disueltos. Ríanse ustedes de las victorias del Cid después de muerto. 

No hace falta ser un entendido del rock ni de los Beatles para asociar Lucy in the Sky with Diamonds con las drogas. Concretamente, con el LSD. Y eso que el propio Lennon -autor de facto- se esforzó en asegurar en que no tenía nada que ver, que todo venía por un dibujo de su hijo Julian. Incluso McCartney se vio en la necesidad de reafirmarlo, a pesar de que no tuvo más remedio que admitir que se trataba de una canción sobre alucinaciones. 

Que la letra estuviera en parte inspirada por Alicia en el País de las Maravillas tampoco ayudaba demasiado a quitarle el sambenito alucinógeno, especialmente desde el momento en que por aquellas mismas fechas contraculturales de finales de los sesenta, un siglo después de ser escrito por Lewis Carroll, el libro empezó a ser asociado de forma poco velada al consumo de estupefacientes. Un ejemplo aún más claro de esto se dio aquel mismo junio de 1967 en que se publicaba el álbum Sgt Pepper's Lonely Hearts Club Band. Fue por entonces cuando los Jefferson Airplane se marcaban un número uno con su White Rabbit, dando correlación total a la novela y el consumo de LSD. La paradoja del caso es que, al igual que Lennon con esta canción, Carroll nunca admitió ni remotamente el efecto de las drogas en su novela, si no una mera motivación también infantil. En el caso del escritor inglés, únicamente querer entretener a niñas y niños con un derroche de imaginación. 

Pero claro, si al final eres una estrella del rock que toma drogas y, entre viaje y viaje de LSD, creas una canción con una letra que es una alucinación, con un sonido que es una alucinación (eso sí, alucinante), y se encuentra en el álbum por antonomasia de la era de las alucinaciones -los psicodélicos finales de los sesenta- ya puedes esforzarte, que nadie va a creerse que todo se debía simplemente a un dibujo de un zagal de cuatro años. Aunque fuera cierto. 

Así que me permito acabar con una moraleja: cuidado con los cuentos y los dibujos infantiles, que a veces parece que los cargue el camello. 

¡Feliz 2025, y cielos claros! 



PS: A ver, que tampoco ayuda a quitarle la fama alucinógena que forme parte de la flipada de película animada que era Yellow Submarine. Menos mal que siempre hay un niño al que echarle la culpa de todo. 



miércoles, 9 de marzo de 2016

A Day In The Life, The Beatles, 1967



Menudo 2016 llevamos. Si dedicara cada Píldora a cada uno de los ilustrísimos que nos han dejado (y sólo estamos a principios de marzo-, este blog sería prácticamente una sección de necrológicas, y no es en absoluto la intención. Sin embargo, hoy, al igual que sucedió hace un par de meses con Bowie, uno debe ponerse en el lugar que toca. Que, en el caso de hoy, es de pie y con el más solemne y sentido respeto. 

Esta mañana comentaba que la pérdida de George Martin, para los que somos de sangre Beatle, es totalmente equiparable a la de Lennon (la recuerdo, aún siendo muy niño, por el impacto enorme de la noticia) y a la de Harrison. Siempre se suele decir que el quinto beatle fue el batería anterior a Ringo, Pete Best, o incluso el primer bajista y amigo de Lennon, Stuart Sutcliffe. No es cierto. Fue George Martin. 

Fue él el tipo que, con su formación clásica y su espíritu de jazz, moldeó el rock and roll casi macarra de aquel grupo que fue presentado por su mánager Brian Epstein -tal vez la otra persona con capacidad de disputar a Martin el título de quinto beatle- por primera vez en 1962. Entonces, éste era el productor de un oscuro sello dependiente de EMI, Parlophone, y se dedicaba sobre todo a grabar comedias. Peter Sellers era uno de sus más famosos producidos. 

Naturalmente, en 1962, la juventud iba bastante más allá. No es que les convenciera demasiado el grupo, pero las voces harmónicas de Lennon y McCartney que oyó en la cinta le parecieron interesantes, y el entusiasmo de Epstein hizo el resto. Así que los contrató antes incluso de haberlos visto. A partir de aquí, cambió todo. Musicalmente, aportó su vasto conocimiento para introducir innovaciones que cambiaron para siempre la historia del rock. Entre otras muchísimas aportaciones, suya fue la idea de grabar Yesterday con un cuarteto de cuerdas, de añadir el célebre piano de aires barrocos (no era un clavecín, aunque lo hizo sonar como tal) de In My Life, y de dirigir la orquesta que debía sonar "hasta el infinito" en este A Day In The Life, que tenéis hoy aquí. 

Pero además fue un individuo apasionado por la tecnología en los estudios de grabación. En su época, el mayor avance eran las grabadoras de dos pistas para el sonido estéreo, que luego se ampliaron a cuatro. Pues bien, Martin, viendo la enorme complejidad que planteaba la idea que tenía el grupo para el álbum Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band, fue el primero del mundo en grabar a ocho pistas... uniendo de manera casi imposible dos máquinas de cuatro. Ciertamente, para esta parte de su trabajo siempre se rodeó de los mejores ingenieros de sonido. Ahí quedan los nombres de Geoff Emerick, Norman Smith o incluso un jovencísimo Alan Parsons más tarde. 

Como homenaje, he querido traer uno de mis temas favoritos del grupo, este magnífico A Day In The Life, que cerraba el álbum Sgt. Pepper's. Se trata de una canción compleja, absolutamente surrealista, y a su manera, conmovedora. En ella, Martin tuvo un papel clave coordinando la orquesta en una grabación que se las prometía caótica: como el grupo quería un sonido que llegara hasta el infinito, entregó a los carísimos cuarenta músicos profesionales la que fue, posiblemente, la partitura más extraña que nunca vieron, en la que tenían que ir desde la nota más baja posible hasta la más alta. Para complicar más las cosas, por allí rondaban varias superestrellas superpsicodélicas y superfashion (Jagger, Richards, Donovan, Nesmith...). Así que la guinda fue la imposición del grupo -en un arrebato de extraño vanguardismo- a que todos los músicos llevaran puesto algún elemento de disfraz mientras grababan. De ahí que podáis ver en el vídeo a la orquesta más extraña y surrealista que nunca haya entrado a un estudio de grabación. Que era lo que querían. 

Y, por supuesto, también podréis ver al propio Martin. Lo encontraréis dirigiendo a la orquesta con una enorme nariz postiza (no se libró del asunto del disfraz) y, más tarde, departiendo con Lennon. 

Si hay algo más allá, es bastante probable que ahora ya estén departiendo de nuevo. Sin más, A Day In The Life




Hasta la próxima. 

martes, 30 de junio de 2015

Repent Walpurgis, Procol Harum, 1967



La de hoy es una Píldora que hará las delicias de los aficionados al rock sinfónico... y de unas cuantas cosas más. Porque en pocas partes pueden entrar a la vez y en el mismo sitio gente como los Madcon, Bach, la brujería, el cine de terror setentero español y hasta los Illuminati, esos tipos que, según algunos, controlan hasta cuando vamos al lavabo.

Pues bien, pildoreros, éste es el único post donde encontraréis todo ello entremezclado y bajo una de las mejores piezas de Procol Harum, aquellos muchachos que se hicieron famosos en todo el mundo cantando a la blanca palidez de una muchacha. Empecemos. 

Y lo haremos por lo más conocido. Hace unos ocho años, un par de noruegos con un desacostumbrado aspecto más bien poco nórdico, se hicieron de oro con un tema titulado Beggin'. Estos tipos, que obedecían al nombre de Madcon, simplemente se limitaron a versionar un antiguo tema de 1967 que ya fue famoso en su día de la mano de los Four Seasons, al frente de los cuales estaba el inefable Frankie Valli. Sí, el mismo Frankie Valli que grabó la primera versión de la inolvidable Can't Take My Eyes Off You

Pues bien, poco después de que los Four Seasons lanzaran Beggin', Matthew Fisher, teclista de Procol Harum, quiso hacer su aportación personal al que iba a ser primer disco del grupo. Así que cogió los acordes de la canción, los ralentizó bajo el sonido de un hipnótico órgano Hammond... y creó el 80% de la canción que tenéis hoy como Píldora propuesta. Para acabar de redondear el resultado, el 20% restante lo encontró casi en el lado opuesto del espectro musical. Concretamente, en el famosísimo Preludio nº1 en Do mayor de Johann Sebastian Bach. Así que, con un  par, su creación tuvo como resultado la suma extraña de dos hits, uno procedente del pop norteamericano más soft y el otro nada menos que del barroco alemán. 

¿Y qué hay de lo de la brujería y todo lo demás del principio? Bien, el resultado musical quedó tan inquietante a su manera, que a alguien le recordó a la noche de Walpurgis, una celebración de origen pagano propia del norte de Europa y a la que el cristianismo pronto consideró propia de elementos de brujería y aún de algo peor. De hecho, se sabe que la fundación de la famosa (más por la literatura de consumo que por otra cosa) orden de los Illuminati tuvo lugar precisamente en la noche de Walpurgis de 1776. Si es que se lo ponen a huevo a Dan Brown, hombre. 

¡Ah, se me olvidaba! Lo del cine español setentero de terror. ¿Pero de verdad no habéis visto la más célebre película nacional sobre el hombre lobo? ¡Ríanse ustedes de Crepúsculo y toda esa panda de pusilánimes cargados de hormonas adolescentes!  



Letra de la Píldora (instrumental). 

Hasta la próxima. 

domingo, 17 de agosto de 2014

I-Feel-Like-I'm-Fixin'-to-Die Rag, Country Joe and The Fish, 1967


"Dadme una F, dadme una U, dadme una C, dadme una K: ¿qué hace esto?". Naturalmente, ante tamaña invitación, todo un público entregado aquella tarde del 17 de agosto de 1969 en la llanura de Woodstock (más o menos al mismo tiempo en el que escribo esto, 45 años después) gritó como loco un atronador "FUCK!!!!". Que creo que no necesita traducción. Corregidme, si no es así. 

Posiblemente, este sea, junto a la versión distorsionada del himno norteamericano que pocas horas después interpretaría Jimi Hendrix, el momento más icónico de todo el festival que prometía -y cumplió- "tres días de paz y música". Iba de la mano de un cantautor psicodélico que tenía mucha más fama que ventas, y que respondía al nombre artístico de Country Joe McDonald, acompañado de su grupo, The Fish. 

En realidad, el tema fue interpretado dos veces... y no fue la "oficial" -la que hoy haría 45 años- la que pasó a la posteridad, si no la que un día antes improvisó el mismo McDonald en solitario entre dos actuaciones. Ataviado con un ajado uniforme militar y un trapo como cinta en la cabeza, se metió en el bolsillo a más de 300.000 personas que terminaron cantando con él este demoledor tema contra la guerra del Vietnam. 

Y eso que no era, ni mucho menos, una canción con un sonido agresivo. Antes bien, tenía la estructura de un viejo jazz de los años 20, festivo y burlón. Pero nadie se llevaba a engaño: su letra, que era una bufonesca invitación a apuntarse a la guerra, terminaba con un lapidario "todos vamos a morir".  Eso sí, precedido de un alegre y desenfadado "whopee!!!"... porque al fin y al cabo, ¿qué mayor alegría hay a la de que le maten a uno por la patria?

Paradójicamente, el tema nunca tuvo unas ventas sobresalientes. Lanzado como parte del álbum I Feel Like I'm Fixin' to Die, de 1967, es uno de esos sorprendentes casos en los que el discreto éxito comercial iba de la mano de una difusión alternativa que llegó, sin duda, a todos los rincones del país. El hecho de que todo el auditorio lo cantara -como puede verse en el clip- durante una interpretación improvisada es la mejor prueba de hasta qué punto la juventud norteamericana del momento estaba muy al corriente no ya de la cultura, si no de la contracultura que imperaba en la época. 

Os quedáis, pues, ante uno de los momentos más célebres de toda la historia del rock. "Gimme a F...!"

PS: Jordi, lo prometido es deuda. ¡Espero que te haya gustado!




Hasta la próxima. 

viernes, 27 de junio de 2014

The Happening, The Supremes, 1967


Tras la regia trascendencia de la Píldora anterior, pasemos el péndulo hacia el otro extremo. De hecho, hoy nos dirigimos a la parte más amable, domesticada y pop de los años sesenta. 

Antes de nada, ¿qué eran los happenings? Aunque es difícil de contestar en pocas palabras, podían resumirse en manifestaciones artísticas donde incluso podía participar el público, con una evidente carga de provocación. Por ello, fueron muy populares entre la cultura hippie de finales de los años sesenta. 

Hasta aquí, la realidad. Pero, ¿y para Hollywood?

Hollywood prefirió hacer lo mismo que la industria musical: coger la modernidad más puntera y adaptarla para todos los públicos, que al cabo se trataba de llenar las salas. Por eso cogieron al bueno de Anthony Quinn, al que le quedaba tan solo un año para convertirse en el inolvidable y revolucionario Papa Kiril en Las Sandalias del Pescador, y lo transformaron en un antiguo capo de la mafia secuestrado por cuatro inconscientes hippies ¡que buscaban aventura y montar uno de aquellos happenings!

La idea no podía ser más surrealista, pero sirvió para elaborar una intencionada comedia que dejó, además, todo un número uno de The Supremes, titulado como el film: The Happening. El tema se alejaba totalmente del registro soul del grupo -ya de por sí muy comercial- hasta el punto que si uno no las veía, se podía imaginar a la propia Sandie Shaw al micro de tan karinesca canción. 

Pero, las cosas como son, uno no puede evitar sonreír, chasquear los dedos o marcar el compás con los pies ante tanta ingenuidad musical. Por cierto, que tras tanto buen rollito estaba a punto de estallar la guerra civil entre el trío norteamericano. Diana Ross reclamaba para sí el liderazgo de la banda, y valga decir que lo consiguió por toda la línea. The Happening fue el último single firmado como The Supremes. El siguiente, Reflections, tendría ya una poco sutil modificación en el nombre del trío: Diana Ross & The Supremes

Al final, ya se sabe que los egos no entienden ni de hippies ni de happenings ni de la madre que parió al flower power.

PS: qué diferencia con el happening de los Pixies, ¿eh?




Hasta la próxima. 

miércoles, 30 de abril de 2014

Let's Spend The Night Together, The Rolling Stones, 1967


Los Rolling Stones han pasado a la historia del rock como la antítesis "maléfica" de los Beatles. Lo cual es simplificar mucho. La realidad era mucho más prosaica: ni las canciones ni las actitudes de éstos últimos eran tan inocentes, ni los Stones eran unos depravados a la guitarra cuyas únicas intenciones eran hacer caer a la juventud hacia el lado oscuro de la Fuerza.

Sin embargo, es cierto que parte de la gracia de los muchachos de ese hombre de negocios llamado Mick Jagger ha sido ponerle algo más de especias a sus discos, especialmente cuando aún las radios y las televisiones preferían la música un poco más sosa. Hoy nos puede parecer todo aquello casi inocente, pero temas como el que tenéis delante se las tuvieron que ver con la censura. 

Y eso que Let's Spend The Night Together estaba ya dentro de un período donde los Rolling Stones habían abandonado -momentáneamente- la parte más áspera de su sonido para internarse en la psicodelia. Aquí, la potencia ya no estaba en las guitarras machaconas a lo Satisfaction, si no en una base rítmica que pasaba por los oídos como una apisonadora, reforzada con un piano y un órgano a punto de echar humo.    

Por supuesto, esto no era lo peor en los cada vez menos inocentes oídos, musicalmente hablando, de 1967. Lo que escandalizaba era que se trataba de una letra en la que se describía (entre nosotros, tampoco tan explícitamente) un encuentro sexual de esos de aquí te pillo y aquí te mato. Y todo el mundo sabe que entonces los niños aún venían de París y los traía una cigüeña con gorra de cartero, así que esas cochinadas sólo podían ser cosa de gente de mal vivir como los rockeros y los drogadictos. O los que eran ambas cosas a la vez. 

Así pues, no era de extrañar que en Estados Unidos -donde la cigüeña aún debe de seguir repartiendo a los niños por lo que se ve en la mayoría de sus pelis incluso de hoy en día- se prefiriese promocionar a la otra canción que acompañaba al single de Let's Spend The Night Together: la no menos brillante -pero sí más apta para todos los oídos- Ruby Tuesday

Una muestra de como la Norteamérica oficial veía esta canción, se dio cuando el presentador Ed Sullivan llamó al grupo por enésima vez a su célebre programa (y eso que se había prometido no hacerlo tras su primera intervención) pero se negó a que la tocaran. Al final, se llegó a un compromiso cambiando la letra en directo por la mucho más casta y meapilas "Let's Spend Some Time Together" ("Vamos a pasar algún tiempo juntos"), pero a cambio, el grupo se vengó saliendo al escenario vestidos de soldados nazis con esvásticas y todo, ahí, a lo bestia. El pollo fue considerable, y aunque al final cedieron quitándose los uniformes, un cabreadísimo Sullivan volvió a prometerse que no pisarían nunca más su programa. 

Naturalmente, otra vez más, no cumpliría su promesa y allí estarían de nuevo en 1969. Porque, al final, los niños los traerán las cigüeñas, pero business is business


Versión original


Versión meapilas en el Ed Sullivan Show


Letra de la Píldora. (¿A que no hay para tanto?)

Hasta la próxima. 

martes, 15 de abril de 2014

La Caza, Juan y Júnior, 1967


A ver: no es que haya sido ni lejanamente el santo de mi devoción musical, pero es indiscutible que este tipo ha formado parte de la historia del pop español de manera absolutamente central. Así que, qué menos que dedicar unas breves líneas a la noticia luctuosa del día: el fallecimiento de Antonio Morales, ese Júnior que, para su desgracia final, ha aparecido hoy descrito en más de un lugar como "el viudo de Rocío Dúrcal". Hay que joderse, hacer lo que se hace para acabar como "consorte de", así, como un Duque de Edimburgo cualquiera. 

Y es que alguien que nace en las Filipinas ocupadas por los japoneses (aquellas en las que el célebre matón de MacArthur prometió y cumplió que volvería) ya tiene como poco algo que contar. En su caso, lo que acabaría contando fue el participar en el epicentro de la naciente escena rock española de los años sesenta. 

Y qué epicentro: estuvo en Los Pekenikes, seguramente la mejor banda instrumental que hayan tenido las listas de éxitos de este país. De ahí saltó, sustituido por el que en muy breve sería su alter ego, Juan Pardo, a Los Brincos, algo así como los Beatles autóctonos del momento. Allí ya coincidiría con Pardo... y con él se marcharía en 1967 para fundar un dúo que, en apenas dos años y seis singles, llegaría a ser tan recordado como los propios Brincos. 

La Caza fue, precisamente, su debut como pareja musical. Con un pop amable e intrascendente, pero casi perfecto, muy bien trabajado, se alzaría hasta el número uno en mayo de aquel mismo año, compitiendo -y venciendo- a sus antiguos compañeros, que, a pesar de todo, se mantendrían también entre los primeros puestos de las listas. 

Sin más, aquí os quedáis con este modesto, pero merecido homenaje al bueno de Júnior, el que tal vez estuvo mucho tiempo a la sombra de Rocío Dúrcal, de Juan Pardo, incluso, pero que, desde luego... estuvo. 




Hasta la próxima. 

martes, 10 de septiembre de 2013

When I'm Sixty-Four, The Beatles, 1967


Cumplir años es una de las mayores preocupaciones del ser humano una vez que se cruza cierta frontera de edad. Evidentemente, cada uno se lo toma como se lo toma, pero a muy pocos deja indiferente. Así que es normal que en la larga historia del rock también hayan habido numerosas canciones en las que sus autores han dejado constancia de ello. 

Tal vez, la más famosas de todas ellas sea la de hoy, tanto por sus firmantes como por pertenecer al que para muchos es el mejor álbum pop jamás compuesto, el Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band que The Beatles lanzaron en el psicodélico año del amor de 1967. 

Puede sonar extraño que Paul McCartney, a la sazón con 25 primaveras, firmara (junto a Lennon) una canción en la que reflexionara sobre unos por entonces lejanos 64 años-ahora tiene 71-, y en un disco que era una apoteosis de la juventud lisérgica de finales de los años sesenta. En realidad, se trata de una canción cuya génesis es mucho más antigua, de cuando el muchacho contaba apenas 15 años. Entonces, medio compuso una pieza en la que una ya reconocible melodía en clave años 20 iba acompañada de una letra desde luego más juvenil. Algo más tarde, en su época heroica de conciertos en Hamburgo, antes de saltar al estrellato, Paul tocaba estas mismas notas en el piano del escenario justo después de que los altavoces reventaran tras horas de ruidoso rock and roll, para calmar un poco el ambiente.  

Pero fue todavía más años después, en un momento en el que la banda estaba ya en la cresta de la ola -a finales de 1966- cuando McCartney recuperó definitivamente la melodía para terminar la canción. Entonces, entre flamantes bigotes, largas patillas y camisas floreadas, le añadió una nueva letra dedicada a su padre (el músico de jazz Jim McCartney), que acababa de cumplir, precisamente, 64 años. Fue un poco una especie de regalo de cumpleaños, que acabó incluido nada menos que en Sgt. Pepper's: por fin, las lejanas notas de la adolescencia quedaron inmortalizadas para siempre transformadas en un canto a la segunda madurez. 

Y eso mismo es lo que quiero también hacer hoy: dedicárselo a mi padre, que cumple, cómo no, 64 años. Justo a las "diez y seis" de la tarde, como se estilaba escribir en 1949. Felicidades, Papá. 






Hasta la próxima. 

martes, 28 de mayo de 2013

People Are Strange, The Doors, 1967



El otro día, el deceso del enorme Georges Moustaki paralizó momentáneamente la Píldora dedicada a otro grande del rock que también se acaba de marchar, el virtuoso Ray Manzarek. Y es que sus teclados marcaron el sonido de The Doors casi tanto como la voz de Jim Morrison. 


Así que como lo prometido es deuda -y no se ha marchado nadie más con carácter de urgencia a jugar a las cartas con Elvis y Lennon- he aquí, ahora sí, la prometida Píldora con The Doors. Entre todas las posibles, he querido coger alguna en la que el sello de Manzarek estuviera bien patente. 

Sin duda, su mayor recuerdo es el del inolvidable riff de órgano de Light My Fire, pero como ya está pildoreado, os sugiero el no menos sugerente sonido de People Are Strange. Aquel tema, lanzado en septiembre de 1967, supuso una de las cimas psicodélicas del grupo, que pronto volvería a un rock mucho más directo y áspero. 

People Are Strange era un tema dedicado a la alienación del ser humano en sociedad, pero con un aire a vodevil tan evidente, que el clip promocional del mismo acabó explotándolo en medio de imágenes de todo tipo de individuos paseando por la calle. Todavía hoy es uno de los vídeos más recordados de la banda californiana. 

Así que nada, otro grande que se va. Esperemos que la próxima Píldora no tenga nada que ver con el más allá. Por lo pronto, el bueno de Keith Richards sigue pareciendo tan increíblemente indestructible como siempre. 




Hasta la próxima. 

domingo, 9 de septiembre de 2012

Hi Ho Silver Lining, Jeff Beck, 1967


Muy poca gente están tan emparentados con todo el que ha sido alguien en la historia del rock como Jeff Beck. Desde su paso por los Yardbirds a mediados de los sesenta hasta el presente, la guitarra de este tipo ha acompañado a la más alta aristocracia musical eléctrica del siglo, desde Clapton hasta Rod Stewart, pasando por casi cualquier nombre conocido que queráis imaginar. 

Y, sin embargo, para el gran público, el menos docto tal vez en los entresijos del rock, el nombre de Jeff Beck les será casi desconocido o, con suerte, asociado a algunos temas de cierto éxito que hizo en solitario, como este Hi Ho Silver Lining de 1967, un tema optimista y alegre como pocos. Y un tanto alejado de sus veleidades futuras más blues y duras. 

El clip que os dejo da buena muestra de hasta qué punto Beck es toda una estrella. Muestra un programa británico de fin de año, en el que fue invitado precisamente a tocar el tema de hoy. Pues bien, fijáos en los acompañantes a los coros. Atención: Robert Plant, Tom Jones, Solomon Burke, Jimmy Cliff y Chrissie Hynde. Hala, así de golpe como quien no quiere la cosa. 

Otro día explicaremos todo (o al menos una parte) del colegueo musical de Jeff Beck, pero, de momento, os dejo acabar el domingo con esta descarga de buen rollo psicodélico.




Hasta la próxima.

domingo, 12 de agosto de 2012

Waterloo Sunset, The Kinks, 1967


Píldora veraniega nº3. 

¿Será verdad que en un rato el mismísimo Ray Davies interpretará Waterloo Sunset en la clausura de los Juegos Olímpicos de Londres? Si fuera así, no se me ocurre un mejor colofón. El porqué de mi afirmación lo tenéis justo debajo. Os encantará.




Hasta la próxima.

viernes, 1 de junio de 2012

Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band, The Beatles, 1967


It was twenty years ago today, Sgt. Pepper taught the band to play! Bien, no exactamente 20, si no 45 años hace ya que el Sargento Pimienta revolucionó para siempre jamás la historia del rock. Un LP del que sorprendía todo de inicio a final, desde su apertura con aquella banda afinando y precediendo a un cañonazo de guitarras, hasta su cierre con una nota... ¡sólo audible para perros!

Incluso la portada tenía su miga, con aquella colección de celebridades acompañando al grupo: Karl Marx, Edgar Allan Poe, Fred Astaire, Bob Dylan, el Gordo y el Flaco... incluso aparecían ellos mismos vestidos a la manera de sus inicios, asistiendo simbólicamente al final de los Beatles de masas y estadios, siempre bien peinados: los nuevos Beatles eran en color, con bigotes y patillas y, sobre todo, ávidos de experimentación. 

Este último detalle no era baladí. Tras la monstruosa serie de giras de 1966, los cuatro de Liverpool decidieron poner final a aquella época de gritos, empujones y fans por docenas en cada esquina. Sus inquietudes habían crecido exponencialmente desde al menos 1965, y la música que querían hacer era cada vez más difícil de tocar en directo. Así que optaron por matar todo aquello e iniciar una nueva etapa en la que iban a emplearse a fondo con todos los medios disponibles en un estudio de grabación. 

Y no se les ocurrió otra manera que haciendo un disco en el que la formación adoptó un alter ego: la Banda de los Corazones Solitarios del Sargento Pimienta, un nombre muy en boga con la incipiente moda psicodélica procedente de California, pero también con los no menos populares nombres abigarrados de aires victorianos que asolaban el Londres del momento. 

Explicar su grabación supone en sí ya el espacio de un libro, no de un pequeño post. Aunque no quiero marcharme sin certificar que su escucha no deja indiferente a nadie. Hay gente a la que le gusta más, otra a la que le gusta menos, pero, en todos los casos, dejarse llevar por sus notas es toda una experiencia. 

El tema que os dejo hoy es el homónimo del álbum y que lo abría, seguido del no menos conocido With A Little Help From My Friends, y la del Reprise -un falso directo certificando el final de una era- que daba paso al memorable y ensoñador epílogo que era  A Day In The Life

En serio, si nunca habéis escuchado este disco, hacedlo. Ya veréis. 



El tema, tal y como abría el disco...


 

... ¡y el famoso Reprise!








Hasta la próxima.

jueves, 31 de mayo de 2012

Happy Together, The Turtles, 1967


The Turtles son uno de los casos más curiosos de la historia del rock. Normalmente, son asociados a un pop fácil, sin demasiadas pretensiones. Música amable para oídos amables, vamos. Sin embargo, se trataba de un grupo enamorado del folk rock, e incluía a dos personajes de lo más pintorescos dentro del universo musical de los años sesenta y setenta. 

Buena parte de su fama como grupo light vino dado, precisamente, por el enorme éxito del tema de hoy, que conocéis sobradamente. Happy Together fue todo un bombazo que sustituyó en el número uno a nada menos que Penny Lane de los Beatles, a pesar de que se trataba de una canción rechazada repetidas veces por otros grupos antes que los Turtles. Su estilo casi tontorrón era difícil de tomar en serio en un momento en el que todo el mundo se esforzaba por parecer trascendental y psicodélico. 

Sin embargo, unos tipos tan peculiares como Mark Volman (el de las gafas) y Howard Kaylan (el cantante) supieron sacarle punta a la cosa, además de unos buenos dividendos. The Turtles nunca más conseguirían repetir un éxito tan grande, pero hasta finales de década conseguirían sostenerse con buena forma, con discos bastante interesantes salpicados de hits de notable envergadura. 

Para que os hagáis a la idea de que la cosa tenía más fondo del que Happy Together parecía mostrar, Volman y Kaylan, tras disolverse la banda, hicieron un dúo musical bastante peculiar, cuya primera colaboración fue nada menos que con el súper inclasificable Frank Zappa. Además, pusieron voces para los más grandes de su momento: los chillidos agudos que se pueden oír en Get It On de los T.Rex eran suyos, de la misma manera que también se prestarían para gente como Alice Cooper, Blondie o Bruce Springsteen

Pero eso corresponde ya a otra época y otra gente. Por lo pronto, ahí os quedáis con el que fue uno de los grandes éxitos de la década. 




Hasta la próxima. 

lunes, 20 de febrero de 2012

98.6, Los Ángeles, 1967


 A lo mejor era porque el tema del inglés andaba (y anda) flojito, o a lo mejor era porque realmente Spain was different, a saber, pero lo cierto y verdad es que durante algunos años muchísimas versiones autóctonas de hits extranjeros tuvieron el mismo o, a menudo, más éxito en nuestras fronteras que las mismísimas interpretaciones originales. Y es que a pesar de todas las cortapisas oficiales posibles, que sólo permitían un pop pulido y sin demasiadas complicaciones, visto desde la óptica de hoy sorprende la potencia de la naciente industria rock española en los años sesenta.

El tema de hoy era una excelente muestra de ello, y que nos permite no tener que recurrir directamente a formaciones especializadas en la materia versionadora como los Mustangs. A principios de 1967, en muchos países triunfaba un tema del cantante norteamericano Keith titulado 98.6, que había lanzado poco antes. Por si fuera poco, una formación británica, The Bystanders, publicaba casi al mismo tiempo su propia versión, que compitió directamente con la de Keith por ascender en los charts.

Pues bien, la física española del momento demostró regirse por unas leyes totalmente distintas a las del resto de Occidente, ya que ni una ni otra versión tuvieron demasiada relevancia. ¿La causa? Un grupo granadino, Los Ángeles, de estilo vocal limpio y clarísima inspiración beatle (incluso puede verse en el clip como tiraban de un bajo Hoffner tipo violín, como el que llevaba Paul McCartney) había editado su propia versión en castellano, que aniquiló por completo cualquier iniciativa anglosajona por colocar seriamente la canción en las preferencias y los guateques locales.

Por cierto, que sabedor de que mi padre era uno de los que escuchaban asiduamente la versión de Los Ángeles, le pregunté si había tenido el single para compararlo con la portada de arriba. La conclusión es que recordaba haberlo poseído, aunque los 45 años transcurridos y la pérdida de una parte de su colección no le ha permitido asegurarlo al 100%, lo que hará cuando vea colgado el post. De todas formas, es lo de menos: era un pretexto como otro cualquiera para charlar un rato, y sobre los hábitos musicales de hace cuatro décadas. Durante un momento ha empezado a rescatar nombres no siempre recordados hoy día, y aún escuchaba además a mi madre por detrás al teléfono completando la lista. Por mí, sólo por eso, ya ha merecido la pena publicar el tema de hoy, 





Hasta la próxima.

sábado, 11 de febrero de 2012

Green Tambourine, The Lemon Pipers, 1967


El tema de hoy es de esos que hacen pensar que las apariencias engañan, a veces mucho. Y es que la música psicodélica de los años sesenta, fuertemente influenciada por el consumo de drogas de toda clase, a menudo se caracterizaba por sonidos pesados, de atmósferas algo más que densas, cargadas de sitars, reverberaciones y efectos de lo más variopinto.
Aparentemente, nuestros protagonistas de hoy, The Lemon Pipers, cumplían todos aquellos requisitos: su mayor hit, este Green Tambourine, lanzado en diciembre de 1967, era una canción casi de manual para el buen músico psicodélico. Incluso el extraño nombre con el que se presentaban, "los gaiteros de limón", estaba dentro de los parámetros habituales del género. 

Sin embargo, una primera audición ya mostraba algo muy distinto, debajo de los sitares, los ecos y hasta una historia con reminiscencias dylanianas. Pop sencillo y fácil... y desde luego diseñado muy cuidadosamente para ser un número uno en aquellos meses de gustos llenos de luces de muchos colores. Era algo así como una canción de "psicodelia para todos los públicos". 

Realmente, la historia funcionó a la perfección y, a principios de 1968, el single coronó las listas de éxitos norteamericanas. Aunque su estilo facilón le puso un sambenito encima, que arrastraría para los restos: la de primer tema de pop bubblegum -literalmente, pop de chicle, casi tontorrón- en llegar al número uno. El camino de los Archies se había abierto, y lo había hecho de la manera menos esperada: en mitad de un mar de LSD y luces caleidoscópicas. 

Eso sí, dicho lo anterior, que no quede antes de acabar: a mí me parece una deliciosa pieza pop. Que lo cortés no quita lo valiente. 



Letra de la Píldora.

Hasta la próxima.

sábado, 14 de enero de 2012

Something's Gotten Hold Of My Heart, Gene Pitney, 1967


Seguimos en la estela del pop más amable de los sesenta, iniciada ayer mismo con Dusty Springfield, y hoy de la mano de otro de los grandes de la década, Gene Pitney. Si Son Of A Preacher Man era un tema muy americano en voz de una británica, el de hoy puede decirse que es exactamente al revés, una canción con un marcado aire british interpretado por un artista 100% Made In USA

Al igual que Dusty, la biografía de Pitney no era la propia que su imagen absolutamente pulida puede dar a entender. Si bien no fue un activista tan marcado como la londinense, su carrera no era la de una mera voz muy peculiar. Ciertamente, comenzó como intérprete en el universo de bustos cantantes repeinados con que la industria norteamericana pretendió domesticar el rock and roll justo antes de la llegada de los Beatles

Sin embargo, al igual que otro de aquellos "rockeros" de cartón-piedra, Neil Sedaka, Gene Pitney no sólo interpretaba, si no que también componía hits para otros de su misma escuela. De hecho, en cierto momento, uno de sus singles se quedó a las puertas del número uno ¡porque lo ocupaba He's A Rebel, una canción interpretada por The Crystals y compuesta por él mismo!

También puso voz a algunos temas para grandes películas, como Ciudad sin piedad, con Kirk Douglas, o la mismísima El hombre que mató a Liberty Valance, dirigida por John Ford, y con John WayneJames Stewart y Lee Marvin (de próxima aparición en las Píldoras, ya podéis ir buscando...) en su formidable reparto.

A finales de los sesenta, había trasladado su principal atención al otro lado del Atlántico. Entre otras proezas atípicas para un norteamericano, fue finalista dos veces en el festival de Sanremo. Y regularmente fue obteniendo singles de éxito hasta bien entrados los setenta. El principal de ellos fue, sin duda alguna, este Something's Gotten Hold Of My Heart, que llegó al número 5 en 1967, e inmediatamente comenzaría a ser múltiplemente versionado. 

Aunque lo mejor de esta canción fue su epílogo. En 1989, Marc Almond, el antiguo componente de los Soft Cell -"¡Tainted Love, oooooohhh, tan, tan!"- versionó el tema y para ello se hizo acompañar del mismo Gene Pitney. El efecto fue espectacular en las Islas, y esta vez la canción se hizo con el número uno absoluto. Ironías del destino: fue el único en toda la carrera del norteamericano como intérprete. Pero al final, ya se sabe: más vale tarde que nunca.



Letra de la Píldora.

Hasta la próxima.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

The Letter, The Box Tops, 1967


¿Os acordáis cuando para escribir a la familia, a la novieta, al colega o, menos agradecidamente, a la administración varia, había que dedicarle un rato sobre un papel? Hoy, con el correo electrónico primero y con los tropecientos sistemas de mensajería digital después, esto parece algo propio de la noche de los tiempos. 

Pero hasta apenas hace quince años, dirigirse a alguien más allá de la vía telefónica suponía un pequeño ritual. Primero, había que reservarse un rato. Segundo, disponer de papel. Tercero, de máquina de escribir o, más habitualmente... ¡de bolígrafo!¿A que suena casi prehistórico? Pues así iba la cosa. 

Evidentemente, se escribía mucho menos que ahora, época de saturación de palabras o conatos de palabras múltiples. Sin embargo, en cierto modo, se escribía mucho mejor, incluso cuando se cometían faltas de ortografía. El motivo era lógico: ya que uno se decidía a escribir, y no era posible rehacer o reenviar el texto con la facilidad de la informática, se pensaba dos y tres veces lo que se quería decir. Y se cuidaban muchísimo más las formas. 

Así que no es de extrañar que las cartas hayan sido un motivo recurrente en la historia de la música. Uno de los temas que más exito tuvieron al respecto fue el de hoy. The Letter, interpretada en 1967 por The Box Tops, se convirtió rapidísimamente en un éxito demoledor, con nada menos que cuatro semanas en el número uno en Estados Unidos justo al acabar el Summer Of Love. En España, la canción también tuvo un gran eco, y escaló hasta el puesto número nueve de las listas. 

Os propongo a los más valientes un pequeño experimento. Enviad a alguien querido una carta de papel. (¡no os olvidéis que van con sello y al buzón de correos, ja, ja, ja!) Y luego, tras unos días, os ponéis en contacto -si no lo ha hecho él o ella antes por la sorpresa de la misiva-. A ver qué pasa...




Letra de la Píldora.

Hasta la próxima.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

World, The Bee Gees, 1967


Seguro que algunos de vosotros (preferentemente los de menor edad), sin reparar en el detalle del año, habréis pensado enseguida lo siguiente: "ah, cómo ayer puso música disco, el tío este remata hoy la faena con los Bee Gees". Si la lectura la estáis haciendo antes de ejecutar el vídeo o el link de audio, sólo os diré que le déis al play antes de seguir leyendo... y si vuestro proceso ha sido el contrario, ya imagino la cara de cierto estupor al ver lo que habéis visto.

Ni campanolas, ni cardados discotequeros ni luces de puntitos por todas partes. Nada de eso. Antes bien, habréis comprobado la profusión de flequillos, patillas, ropajes más o menos psicodélicos y música... pop de los sesenta en su modalidad más melódica. Además de que son más de tres individuos.  Incluso el nombre de la banda era ligeramente distinto, con el "The" delante.

Porque los Bee Gees, antes que una formación de discotecas, se pueden definir como unos auténticos supervivientes del rock por mero mimetismo a las modas imperantes. Estos tipos sí que se reinventaban y no la Madonna. Formados nada menos que ¡en 1958! la banda de los hermanos Gibb apenas era poco más que un grupo de chavales en su sentido más literal de la expresión. Procedentes de una familia británica emigrada a Australia, sería desde la isla-continente desde donde forjarían su carrera que les traería de vuelta durante la segunda mitad de los sesenta a Gran Bretaña con su primer número uno, Spicks and Specks, en 1966.

A partir de aquel single, se erigirían como abanderados del pop más amable del momento, con canciones tan conocidas como Massachussets (bombazo mundial a la altura de la misma Fiebre del sábado noche) o este World, otro hit que, por ejemplo, en España se coló en el Top 10 a principios de 1968. Con el cambio de década, perderían algo de punch, e incluso -supervivientes natos- intentarían jugar nada menos que con el rock sinfónico y progresivo. Por supuesto, todo apenas una prueba de trial and error en el camino que les llevaría a su (segunda) Edad de Oro, ilustrando los andares chulescos de Travolta.

Pero esa será otra historia. 




Letra de la Píldora.

Hasta la próxima.

martes, 18 de octubre de 2011

Judy In Disguise (With Glasses), John Fred and his Playboy Band, 1967


¿Os pensais que sólo en España se lía la gente con las letras en inglés? Pues una confusión de este estilo fue la causa que acabaría generando todo un hit internacional a principios de 1968. Tan sólo que la equivocación vino dada por un norteamericano... en Estados Unidos. Curioso como mínimo.

Todo comenzó cuando el sureño John Fred Gourrier escuchó Lucy In The Sky With Diamonds, de los Beatles. Por lo visto, originalmente entendió la letra como "Lucy in disguise with diamonds", esto es, "Lucy disfrazada con diamantes", en lugar de la original "Lucy en el cielo con diamantes". Así que cuando vió por escrito el texto, al parecer se llevó una gran desilusión.

Pero como lo del disfraz le pareció algo ingenioso, compuso un tema de corte paródico alrededor de ello. Y le quedó este Judy In Disguise (With Glasses), una canción con ninguna otra intención que  la de divertir al personal en los guateques de la época. Y vaya si divirtió a gente: lanzado a finales de 1967, alcanzaría el número uno en Estados Unidos, Suiza y Alemania. Además, como pequeña vendetta, ese número uno se lo quitaría precisamente a los propios Beatles, que lo monopolizaban  entonces con su Hello Goodbye.

Una confusión bastante común con el tema de hoy es creer que es del hijo del actor Jerry Lewis. Pero tiene una lógica: el ninio había montado un grupo también en clave pop coñón, y le había dado un nombre casi idéntico al del que lideraba John Fred: Gary Lewis and The Playboys. Pues como si lo anterior fuera poco, no tuvo otra ocurrencia que lanzar su propia versión de la misma canción poco después, imagino que intentando aprovechar el rebufo del éxito. 

Una cosa antes de acabar: a pesar de que sea un single del 67 y un número uno del 68, que nadie espere un tema de honda psicodelia o de profundo espíritu revolucionario. De hecho, casi diríase que tiene, antes bien al contrario, un cierto punto friki. Pero también estamos para pasarlo bien un rato, ¿no?

John Fred and his Playboy Band – Judy In Disguise (por Spotify)




Letra de la Píldora.

Hasta la próxima.

sábado, 27 de agosto de 2011

Ain't No Mountain High Enough, Marvin Gaye & Tammi Terrell, 1967


Como apunté ayer, hoy os propongo un pequeño ejercicio alrededor de la música soul, basado en comparar de cerca las dos grandes tendencias que llevaron al éxito fulminante a este estilo durante la década de los sesenta y setenta. Desde luego, no es la primera vez que ambos estilos aparecen en este blog, pero creo que nunca los hemos puesto tan en contraposición. 

Si ayer pudisteis escuchar y ver a uno de los representantes del sonido de Memphis, Arthur Conley, hoy podréis escuchar a una de las grandes estrellas de la Tamla Motown de Detroit, Marvin Gaye, interpretando un enorme clásico inconfundible junto a la que fue compañera suya musical durante un breve tiempo, Tammi Terrell. 

Ambos estilos, a pesar de compartir la etiqueta de "soul", eran increíblemente diferentes. El procedente de Memphis, influido en buena medida por la discográfica Stax, se caracterizaba por un sonido muy metálico y de enorme potencia, basada en los individualismos propios de artistas de enorme garra, como Wilson Pickett, Otis Redding, Sam and Dave o Isaac Hayes. Por supuesto, sus puestas en escena eran, a menudo, dinamita pura a golpe de baile y decibelios de voz varios. 

Por contra, el sonido de Detroit, competencia exclusiva de la discográfica Motown, funcionaba como una auténtica fábrica de canciones donde hasta el último aspecto estaba controlado por su jefe, Berry Gordy. Sus estrellas, entre las que habían nombres como Diana Ross (con y sin Supremes), The Temptations, Stevie Wonder, The Jackson 5 o el propio Marvin Gaye, grababan a menudo temas similares entre sí, creados por los compositores a sueldo de la discográfica, especialmente los famosos Holland-Dozier-Holland, o la pareja formada por Nickolas Ashford y Valerie Simpson (los célebres Ashford & Simpson de Solid, ya en los ochenta).  Aquí, las actuaciones estaban estudiadas hasta el milímetro, con complejas coreografías para los grupos o interpretaciones poco menos que guionadas para los solistas y duetos.  

Desde los años, y atendiendo a la enorme calidad de las canciones de ambas escuelas, es imposible dirimir cual de ellas era mejor, si es que esta cuestión tuviera algún sentido. Por ejemplo, Marvin Gaye, el protagonista de hoy junto a la muy prontamente malograda Tammi Terrell, era un intérprete de primera clase a pesar del acartonado clip que tuvo que pasar para promocionar Ain't No Mountain High Enough

Por hoy no me queda más que esperar que el rollo anterior os haya interesado, aunque estoy seguro de que sí, inquietos pildoreros. En todo caso, por si las moscas, siempre os queda la canción. Aquí no nos estamos de nada... 

Ain't No Mountain High Enough (por Goear)



Letra de la Píldora.

Hasta la próxima.