
La canción de hoy supuso para algunos colegas de burrerío quinceañero y dieciséisañero un cierto shock en su día. Por entonces, como todas las chavalerías de cada momento, todos y cada uno de nosotros adquiríamos extravagantes estéticas acordes con las filiaciones a las que nos íbamos acogiendo.
Así, mientras unos se dejaban los pelacos para convertirse en jevis de pro, otros apuntaban tupés engominados, mientras otros empezaban a gastar patillas y camisas de motivos psicodélicos convenientemente enchalecadas (era mi caso). Con la excepción de los heavys, que eran más, los demás casi tocábamos a estilo por persona. Pero en el fondo, sí que había un elemento en común, y era un creciente gusto por el rock en todas sus variedades.
En el otro lado estaban los que, muy precozmente, empezaban a mostrar más interés por las discos y el bailoteo que por las guitarras. En cierto modo, todos los otros (nosotros) les parecíamos greñosos dejados que no nos íbamos a comer un colín jamás. Qué casualidad: aunque en buena parte, tenían razón durante aquellos tiempos (ligaban más), nuestra opinión de ellos era la de un puñado de pijos amaric... (ups, perdón, perdón, perdón, no me pegue señora ministra, de esto hace muchos años y éramos muy jóvenes)... la de unos chicos fantásticos.
Musicalmente éramos el agua y el aceite. Un rocker, por ejemplo, podía no manifestar preferencias por un disco de Motörhead, pero lo respetaba. Y viceversa, si se trataba de un heavy con un álbum de Jerry Lee Lewis (muy de moda por entonces gracias a la peli Gran Bola de Fuego). O podías acumular música de los sesenta, o del rollo Madchester (esto ya era la frontera, ojo) sin miedo a ser tachado de hereje. En lo que todo el mundo coincidía era en que había que prender fuego a un disco de George Michael, incluso aunque te gustara en privado. Las formas contaban, y mucho.
Entonces apareció en la radio este Unbelievable, de los británicos EMF. Y ya tenías a todo el personal descolocado: ¿era rock, y del fuerte?¿o era música dance? Fuera lo que fuera, gracias a este tema, muchos pelanas pudimos bailar en las discos o pubs sin miedo a ser considerados eerrr... "chicos fantásticos" y, a la vez, éstos últimos podían dejarse ver en su feudo haciendo el bestia air-guitar durante unos minutos delante del personal femenino. Por cierto, que gustó tanto el tema, que se convirtió en número uno en medio mundo, y uno de los emblemas de la naciente década de los noventa, llena de expectativas: aún no habían eclosionado esos mardito roedore makineros...
Así, mientras unos se dejaban los pelacos para convertirse en jevis de pro, otros apuntaban tupés engominados, mientras otros empezaban a gastar patillas y camisas de motivos psicodélicos convenientemente enchalecadas (era mi caso). Con la excepción de los heavys, que eran más, los demás casi tocábamos a estilo por persona. Pero en el fondo, sí que había un elemento en común, y era un creciente gusto por el rock en todas sus variedades.
En el otro lado estaban los que, muy precozmente, empezaban a mostrar más interés por las discos y el bailoteo que por las guitarras. En cierto modo, todos los otros (nosotros) les parecíamos greñosos dejados que no nos íbamos a comer un colín jamás. Qué casualidad: aunque en buena parte, tenían razón durante aquellos tiempos (ligaban más), nuestra opinión de ellos era la de un puñado de pijos amaric... (ups, perdón, perdón, perdón, no me pegue señora ministra, de esto hace muchos años y éramos muy jóvenes)... la de unos chicos fantásticos.
Musicalmente éramos el agua y el aceite. Un rocker, por ejemplo, podía no manifestar preferencias por un disco de Motörhead, pero lo respetaba. Y viceversa, si se trataba de un heavy con un álbum de Jerry Lee Lewis (muy de moda por entonces gracias a la peli Gran Bola de Fuego). O podías acumular música de los sesenta, o del rollo Madchester (esto ya era la frontera, ojo) sin miedo a ser tachado de hereje. En lo que todo el mundo coincidía era en que había que prender fuego a un disco de George Michael, incluso aunque te gustara en privado. Las formas contaban, y mucho.
Entonces apareció en la radio este Unbelievable, de los británicos EMF. Y ya tenías a todo el personal descolocado: ¿era rock, y del fuerte?¿o era música dance? Fuera lo que fuera, gracias a este tema, muchos pelanas pudimos bailar en las discos o pubs sin miedo a ser considerados eerrr... "chicos fantásticos" y, a la vez, éstos últimos podían dejarse ver en su feudo haciendo el bestia air-guitar durante unos minutos delante del personal femenino. Por cierto, que gustó tanto el tema, que se convirtió en número uno en medio mundo, y uno de los emblemas de la naciente década de los noventa, llena de expectativas: aún no habían eclosionado esos mardito roedore makineros...
EMF – Unbelievable (por Spotify)
Letra de la Píldora.
Hasta la próxima.