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jueves, 3 de diciembre de 2009

Camino Soria, Gabinete Caligari, 1987


Ciertas canciones tienen la facultad de despertar emociones muy definidas. Algunas provocan estado de euforia; otras, de tristeza; también las hay de introspección, e incluso que invitan al etilismo... ¿que no? ¿Qué canción es tanto himno de Asturias como de los amigos de la botella? ¿O es que los treintañeros -especialmente los tíos- no recordáis haber degustado selectos calimochos a ritmo de los Inhumanos ("vamos todos al salón, duba, duba, a coger un cebollón")? Pero no nos extendamos más aquí, ya tendremos tiempo otro día.

Finalmente, ciertos temas nos invitan a quedar serios mientras algo de pompa y circunstancia se apodera de nosotros. Cada uno tiene sus propias canciones al respecto, y pueden ser de lo más heterogéneo. El amigo Santi, ese que tenéis a la derecha entre los pildoreros, con cara de "me viá matar en la bici pero cómo nos hemos reído" me explicaba que, por ejemplo, en Austria, cuando sonaba Falco (Rock Me Amadeus, ¿os acordáis?) los jóvenes entraban como en trance.

Este efecto de solemnidad me sucede desde siempre con la Píldora de hoy, una de las canciones más vendidas en España junto a su LP homónimo en 1987. Su melodía, su instrumentación (ese órgano omnipresente) y, sobre todo, su letra con referencias a Bécquer y a Machado, y al vívido frío pelón del lugar... hace que cuando suena en cualquier sitio acabe pidiendo a los demás un poquito de por favor, que con este escándalo no hay quien se ponga serio.

Gabinete Caligari fue, desde siempre, mi grupo preferido de toda la hornada ochentera española. Sus inicios casi siniestros (con estupendas canciones como Cómo perdimos Berlín, o Grado 33) fue sucedido por un estilo más castizo, muy madrileño y chulesco, pero a la vez muy pop. De todos sus hits, el que me atrajo más siempre fue Camino Soria, tal vez por ser el primero en escuchar conscientemente de todos los de la banda, y sin duda por su tremenda seriedad y belleza como canción.

Porque, realmente, es una canción que te mete vivamente en la piel de un viajero de los de antes, de los de a pie, cual Labordeta mochilero y enzurronado que se aproxima a la ciudad y está pasando junto al Monte de las Ánimas. Tanto es así, que al final tienes la sensación de haber estado en Soria.

Tanto es así, que prometo algún día visitar la ciudad...