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martes, 31 de diciembre de 2024

Lucy in the Sky with Diamonds, The Beatles, 1967

 



Bien, ya estamos otro año aquí (¿alguien recuerda cuando cada post era diario?), como siempre, apurando el calendario hasta rozar el larguero. Siempre digo que, tarde o temprano, volveré a escribir más Píldoras con mayor frecuencia. Pero, de momento, esto de hacerlas el último día del año se está convirtiendo en una tradición. Y no será por vagancia: es que entre tanto aquí y allá, mirar y fotografiar planetas y estrellas, y demás actividad cotidiana, el pobre blog ha quedado en estado vegetativo. O, al menos, en recurrente resurrección cada 31 de diciembre. 

Prometo darle más cancha. Como ya llevo prometiéndolo nosecuántos años. Quién la sigue, la consigue. 

Pero vayamos al turrón, quiero decir, a la canción. No creo que necesite demasiada introducción, ni ella, ni el grupo que la firmó, aquellos cuatro tipos que aún hoy siguen ocupando la cima en la música popular de los últimos sesenta años... tras llevar más de 54 disueltos. Ríanse ustedes de las victorias del Cid después de muerto. 

No hace falta ser un entendido del rock ni de los Beatles para asociar Lucy in the Sky with Diamonds con las drogas. Concretamente, con el LSD. Y eso que el propio Lennon -autor de facto- se esforzó en asegurar en que no tenía nada que ver, que todo venía por un dibujo de su hijo Julian. Incluso McCartney se vio en la necesidad de reafirmarlo, a pesar de que no tuvo más remedio que admitir que se trataba de una canción sobre alucinaciones. 

Que la letra estuviera en parte inspirada por Alicia en el País de las Maravillas tampoco ayudaba demasiado a quitarle el sambenito alucinógeno, especialmente desde el momento en que por aquellas mismas fechas contraculturales de finales de los sesenta, un siglo después de ser escrito por Lewis Carroll, el libro empezó a ser asociado de forma poco velada al consumo de estupefacientes. Un ejemplo aún más claro de esto se dio aquel mismo junio de 1967 en que se publicaba el álbum Sgt Pepper's Lonely Hearts Club Band. Fue por entonces cuando los Jefferson Airplane se marcaban un número uno con su White Rabbit, dando correlación total a la novela y el consumo de LSD. La paradoja del caso es que, al igual que Lennon con esta canción, Carroll nunca admitió ni remotamente el efecto de las drogas en su novela, si no una mera motivación también infantil. En el caso del escritor inglés, únicamente querer entretener a niñas y niños con un derroche de imaginación. 

Pero claro, si al final eres una estrella del rock que toma drogas y, entre viaje y viaje de LSD, creas una canción con una letra que es una alucinación, con un sonido que es una alucinación (eso sí, alucinante), y se encuentra en el álbum por antonomasia de la era de las alucinaciones -los psicodélicos finales de los sesenta- ya puedes esforzarte, que nadie va a creerse que todo se debía simplemente a un dibujo de un zagal de cuatro años. Aunque fuera cierto. 

Así que me permito acabar con una moraleja: cuidado con los cuentos y los dibujos infantiles, que a veces parece que los cargue el camello. 

¡Feliz 2025, y cielos claros! 



PS: A ver, que tampoco ayuda a quitarle la fama alucinógena que forme parte de la flipada de película animada que era Yellow Submarine. Menos mal que siempre hay un niño al que echarle la culpa de todo. 



domingo, 31 de diciembre de 2023

Saturn 5, Inspiral Carpets, 1994



Pues nada, seguimos con la tradición de un año, una Píldora, quién nos ha visto y quién nos ve. Y encima, el 31 de diciembre, como si no hubiera tiempo por medio para que nos acabe cogiendo el toro. Sic gloria mundi transit, que decía uno al que debió de pasarle lo mismo cuando los blogs se escribían en papiro y bajo la luz de una vela, supongo. 

En fin, al lío. Hace justo un año trataba sobre la sin igual batalla entre un telescopio y una batería (de las de aporrear) como regalo de Reyes, y que ganó -estaba cantado- el cachivache de mirar hacia el cielo. 

Pues bien, un año después, puedo decir sin duda que es uno de los regalos de Reyes -junto a un piano Roland hace 18 años- que más ha triunfado, con enorme diferencia. Triunfado si lo medimos en términos de uso: desde su primera luz en enero, el bueno del Mak 127 (vamos, el telescopio) no ha hecho más que darme alegrías. Algunas de ellas sorprendentes, como descubrir la enorme paciencia que uno puede tener a la hora de ponerse a preparar y corregir cosas durante todo el proceso que va desde preparar lo necesario, hasta obtener una imagen aceptable, en el caso de una sesión de astrofotografía. 

Otra alegría más previsible ha sido la posibilidad de invertir horas y horas en una curva de aprendizaje casi infinita. Siempre hay algo más allá que saber, mejorar o hacia adónde ir!

Y claro, luego están los resultados: poder ver con tus propios ojos la Gran Mancha Roja de Júpiter, la Nebulosa de Orión, los anillos de Saturno. O captar todo ello en una imagen. Menudo subidón cuando estás procesando lo que has obtenido, y en determinado momento, una imagen algo basta se transforma en un impresionante mar o cráter lunar, con todos sus detalles. Naturalmente, es imposible por la capacidad de las ópticas, pero parece que pudieras ver, si te acercas mucho a la imagen, los trastos que dejaron allí Armstrong y Aldrin en 1969. Os dejo una muestra para que os dé un poco de envidia. Y quién sabe si provoco alguna afición inesperada. Sólo puedo decir que merece mucho la pena! 


Así que sí, en realidad me ratifico lo dicho hace un año: la batería no tuvo la menor oportunidad para un fulano que sigue conservando su primer libro, que tuvo en sus manos con cinco años: aquel "La exploración del Espacio" de editorial Kairós, 1979.

PS: la canción, qué despiste. Y eso que Saturn 5 es uno de los temas que más me molaban -y molan- de los Inspiral Carpets. Aunque, por aquel 1994, un sábado por la noche estándar no era precisamente junto a un telescopio. Si acaso veía alguna estrella, era por haberme pasado con las cervezas. Pero esa es otra historia, para otro día. U otro año.

Feliz Año!!!





sábado, 31 de diciembre de 2022

Sky Full of Stars, Coldplay, 2014

 


Antes de nada, AVISO DE SPOILER: si tienes menos de siete años, o tu madre aún te convence de ponerte un jersey lana con renos a cambio de un Cola-Cao, no sigas leyendo. 

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Bien, aviso realizado, vamos al lío. A partir de cierta edad no demasiado tardía, uno se da cuenta de que los regalos del Día de Reyes no los traen ni tres tipos con turbantes, ni tampoco tus padres -por fortuna para ellos-. Corren mayoritariamente a cuenta y cargo de tu propio bolsillo, de manera que aquellas semanas previas de ilusión por si unos u otros te traían lo que pedías, se convierten con el paso de los solsticios en un "a ver qué me pillo este año que no me suponga un sarao en casa" por motivos de espacio, ruido o incompatibilidades diversas vinculadas a la convivencia civilizada. Vamos, que al menos no molestes al personal con tus mierdas. 

Este año había dos fuertes candidatos a lo más alto del podio: una batería de las de aporrear (naturalmente del tipo "sorda", las otras suponían pena de excomunión y expulsión directa del vecindario) o un telescopio. Ambos objetos forman parte de muy viejas aspiraciones, tanto la musical -es el único instrumento rock que me falta, además de que me encaannnnnta- como la astronómica. Valga decir que conservo aún mi primer libro del que tengo recuerdo consciente: "La exploración del Espacio", de Rafael Clemente, Ed. Kairós, primera edición de octubre de 1979: lo tengo ahora mismo en mis manos. Bueno, en realidad tengo en mis manos el teclado del PC, pero ya se me entiende. Supongo de de ahí derivan los tropecientos libros de ciencia ficción que campan por casa, y la capacidad de ver cualquier cosa que incluya o pueda incluir una nave espacial aunque esté protagonizada por los inconmensurables Hermanos Calatrava (por favor, si alguien aún no ha visto "El Ete y el Oto", ya le falta tiempo, es toda una experiencia sensitiva).

De lo anterior supongo que las mentes más avezadas, y las otras también, habréis adivinado qué opción se ha impuesto. Efectivamente, la del telescopio. Debo decir que jugaba con ventaja: desde que descubrí las espectaculares opciones manuales de la cámara de mi móvil -incluso he llegado a capturar satélites galileanos-, cada vez iba ganando terreno la necesidad de disponer de mejor material de observación y captación de imágenes del cielo nocturnas. No lo llamaremos aún astrofotografía, porque entre lo que hasta ahora he ido haciendo y aquélla hay la misma distancia técnica que entre un palo y la SpaceX. 

Como si fuera poco aviso de la opción previsiblemente ganadora, además llevaba dos meses leyendo/aprendiendo de forma poco sistematizada pero masiva -vamos, lo que es la marca de la casa- todos los rudimentos básicos sobre telescopios, observación astronómica y fotografía del cielo. Así que bien pensado, lo de ser Ringo Starr nunca tuvo este año ninguna opción seria. Carl Sagan jugaba con todos los triunfos en la mano.   

Hostias sí, la canción. Ya se me pasaba por alto. La verdad es que no es de las mejores de Coldplay, y ni siquiera me gusta demasiado. Bien pensado, Coldplay está bien, pero no hay para tanto. Pero joer, el título le va que ni pintado a lo que explicaba y, además, ya había dedicado una Píldora hace 12 años al Alpha de Vangelis, con su Carl Sagan y su Cosmos por medio y todo. Eso sí que era un temazo espacial, pero ya que escribo menos posts que un homo habilis en día de caza del mamut, al menos he tenido la decencia de no reaprovechar canciones ya colgadas. 

En fin, no me enrollo más. Que Feliz Año, nos vemos en la próxima Píldora y os deseo cielos claros. Que se ve que es el saludo que se hace entre sí la gente que mira de noche las estrellas. 

Sky Full of Stars - Coldplay (Spotify)

Letra de la Píldora



viernes, 31 de diciembre de 2021

Glory Hallelujah, Teleman, 2016

Y aquí se acaba una nueva vuelta al sol. Segundo año triunfal donde tantas cosas han sido iguales al primero. Hemos vuelto a lidiar con los que se niegan a ver el meteorito; con los líderes de la tribu que, año tras año, desde que el sol da vueltas sobre los homínidos, denotan incompetencia al mando o a la espera de él; con los que aprovechan el sarao para llevar el ascua a su sardina; con los epidemiólogos metidos a vulcanólogos y vueltos a meter a epidemiólogos; en fin, con toda la fauna y flora que, al igual que los demás, dejan patente día a día su desbordamiento de una forma tan pequeñamente humana... aunque, a diferencia de los demás, intenten demostrar sin éxito todo lo contrario. 

Y también hemos vuelto a tener buenos y malos momentos, como en 2020. En realidad, como si fuera cualquier otro año más. Con la diferencia de que han sido los momentos únicos e inimitables del año que acaba. 

Siempre he considerado que esto de resetear con el cambio de fecha es más gilipollas que el que celebra que lleva siete meses apuntado al bar del gimnasio. Cualquier momento es ideal para resetear cosas, desde uno mismo, hasta el mundo, llegado el caso. Servidor, sin ir más lejos, un bonito y nada destacado día de mayo de 2019, tras una regata de remo bastante aceptable, decidió que no era buena idea seguir con 92 kg y fumando. Poco, pero fumando. Nada de sustos, ojo. Simplemente, un hasta aquí hemos llegado. De un día para otro, sin traumas, y a saber por qué. Tras aquel día, y hasta hoy, cayeron 15 kg, el ejercicio regular se convirtió en máxima, y ni un solo cigarrillo ha acompañado a los cafés diarios ni a los whiskies eventuales. Un día cualquiera de mayo de 2019. Por ponerlo en contraste, el uno de enero de aquel año seguramente me levanté con la preceptiva y reglamentaria moderada resaca que exige la fecha. Más o menos lo mismo que desde 1990 o 1991. Toma año nuevo, vida nueva. 

Así que no hay que darle importancia a la fecha en sí, si no a uno mismo. Los negacionistas seguirán existiendo hasta la negación final, los listos seguirán recibiendo votos, los demasiado listos pagando a los listos. Los tertulianos pontificarán con el mismo desparpajo e ignorancia sobre un virus raro, que sobre la vida extraterrestre, sobre baterías de litio o sobre el mecanismo de ajuste de precios del mercado de gambas de Kuala-Lumpur. Seguiremos teniendo reyes y lacayos, buena gente, mala gente, gente corriente. Seguiremos aguantando e intentando avanzar aunque sea a trompicones, porque así es como lo venimos haciendo. Y lo seguiremos haciendo hasta que nosotros mismos ya no queramos que sea así más.  

Lo cual puede ser que pase un uno de enero, o no. 

Gloria Aleluya!

Glory Allelujah - Teleman (por Spotify)



Letra de la Píldora

martes, 2 de enero de 2018

Don't Look Back In Anger, Oasis, 1996


Sin rodeos: la de hoy, es una de las canciones más memorables de Oasis, sin ninguna duda, un himno del britpop, Y es algo que el propio Noel Gallagher debió de intuir correctamente cuando la compuso, porque casi un año antes de su lanzamiento como single (y más de medio previo a su publicación en aquel fantástico (What's the Story) Morning Glory) ya lo presentó en directo... incluso antes de acabar de componerla. 

Su inspiración no era nada revolucionaria. Como tantas otras veces en el caso de Oasis, el aroma beatle estaba por todas partes, aunque también jugó un papel importante -y se nota- el que también fue en su día otro himno rock. Se trataba de All The Young Dudes, compuesto por David Bowie en 1972, y llevado al número uno por un entonces casi desconocido grupo llamado Mott the Hoople, A través de esta inspiración, el glam rock de los setenta acabaría dándose la mano con el momento culminante del britpop de los noventa. 

Naturalmente, Don't Look Back In Anger alcanzó el número uno en Gran Bretaña, y se convirtió en uno de los mayores hits de aquel 1996

Sin embargo, no fue la última vez en que la canción estuvo en la mente de todos. El pasado mes de mayo, a raíz del atentado durante el concierto de Ariana Grande en el Manchester Arena, el tema volvió a la primera línea. Al día siguiente, unos estudiantes de música de la ciudad -de la cual procedía, precisamente, Oasis- la entonaron, y dos días más tarde, en los funerales, la multitud empezó a cantarla de forma espontánea. El mismo Liam Gallagher, conmovido, envió un inusual mensaje (teniendo en cuenta el intratable carácter del personaje) de apoyo a las víctimas. 

Finalmente, un hecho trágico acabaría por poner a la canción en un lugar mucho más allá del postureo rock, incluso de los himnos. Había entrado a formar parte de la memoria colectiva. 



Hasta la próxima!

viernes, 3 de noviembre de 2017

A Hard Rain's Gonna Fall, Bryan Ferry, 1973


Hay tantos Bod Dylans como casi años lleva de carrera. Casi siempre brillante como compositor pero más irregular en la interpretación, alguien me comentaba reciéntemente que las canciones de Dylan casi siempre gustaban más cantadas por otros. 

Por suerte, de versiones de Dylan hay muchísimas más que de sus propias canciones, lo cual es mucho decir. En todos los estilos: rock, pop, psicodelia, disco... incluso en el treméndamente festivo glam rock.

Éste último es el caso de hoy. En 1973, Roxy Music ya era una de las formaciones punteras de la escena musical británica -y por ende, mundial-. Su estilo en aquel momento estaba totalmente enmarcado dentro del glam rock, eso sí, dentro de la parte menos macarra, como no podía ser de otra manera con Bryan Ferry al frente. 

Precisamente en aquel mismo 73, aprovechando el tirón del grupo, el propio Ferry hizo su debut en solitario con el álbum These Foolish Things, El disco se convirtió en un éxito rotundo enseguida, ayudado por el lanzamiento de su primer single, este A Hard Rain's Gonna Fall de Dylan, al que dio un vuelco completo respecto a aquella apocalíptica canción -originalmente acústica- de 1962

Una versión que a un servidor le gusta tremendamente más que la original. Espero que a vosotros, también.

Epílogo: Ni en las Píldoras suele haber puntada sin hilo. Estos días son complicados en Cataluña: hay mucho en juego. No me voy a extender al respecto, pero está claro que va a llover con fuerza, y la peor parte la vamos a recibir aquí. Es el momento de aguantar la embestida y poner la mejor cara. Por suerte, ya se sabe, a golpe de glam rock, todo se sobrelleva mejor. 




Hasta la próxima.

sábado, 31 de diciembre de 2016

Alive & Kicking, Simple Minds, 1985

Y aquí estamos de nuevo, porque aunque lo parezca... ¡nunca nos hemos marchado! Han faltado los momentos necesarios para ponerse ante el ordenador, pero nunca las ganas de hacerlo. Así que, como prueba de ello, nada mejor que una Píldora para acabar este 2016. Y nada de necrológicas, que musicalmente este año ha sido poco menos que un Waterloo: Bowie, Prince, Cohen, George Michael... y tantos otros más. Menos mal que aún nos queda el bueno de Keith Richards, con dos cojones ahí, aguantando mecha. 

Este 2016 ha tenido de todo, como la propia vida: muchos momentos geniales, otros de esos que se escapan sin enterarse uno en el día a día, y algunos, los menos, para dejarlos correr. Así que para este 2017, le pido sólo que los buenos sean más, y aún mejores, que los anodinos no pasen de ahí, y que los no tan buenos sean todavía menos y que pasen sin dejar demasiada huella. 

¡Y, sobre todo, que hayan más Píldoras! ¡Espero poder estar a la altura! 

Porque, como cantaban los Simple Minds hace más de treinta años, en realidad, siempre he seguido aquí, vivito y coleando. 

Y que dure. 




Hasta la próxima!


miércoles, 9 de marzo de 2016

A Day In The Life, The Beatles, 1967



Menudo 2016 llevamos. Si dedicara cada Píldora a cada uno de los ilustrísimos que nos han dejado (y sólo estamos a principios de marzo-, este blog sería prácticamente una sección de necrológicas, y no es en absoluto la intención. Sin embargo, hoy, al igual que sucedió hace un par de meses con Bowie, uno debe ponerse en el lugar que toca. Que, en el caso de hoy, es de pie y con el más solemne y sentido respeto. 

Esta mañana comentaba que la pérdida de George Martin, para los que somos de sangre Beatle, es totalmente equiparable a la de Lennon (la recuerdo, aún siendo muy niño, por el impacto enorme de la noticia) y a la de Harrison. Siempre se suele decir que el quinto beatle fue el batería anterior a Ringo, Pete Best, o incluso el primer bajista y amigo de Lennon, Stuart Sutcliffe. No es cierto. Fue George Martin. 

Fue él el tipo que, con su formación clásica y su espíritu de jazz, moldeó el rock and roll casi macarra de aquel grupo que fue presentado por su mánager Brian Epstein -tal vez la otra persona con capacidad de disputar a Martin el título de quinto beatle- por primera vez en 1962. Entonces, éste era el productor de un oscuro sello dependiente de EMI, Parlophone, y se dedicaba sobre todo a grabar comedias. Peter Sellers era uno de sus más famosos producidos. 

Naturalmente, en 1962, la juventud iba bastante más allá. No es que les convenciera demasiado el grupo, pero las voces harmónicas de Lennon y McCartney que oyó en la cinta le parecieron interesantes, y el entusiasmo de Epstein hizo el resto. Así que los contrató antes incluso de haberlos visto. A partir de aquí, cambió todo. Musicalmente, aportó su vasto conocimiento para introducir innovaciones que cambiaron para siempre la historia del rock. Entre otras muchísimas aportaciones, suya fue la idea de grabar Yesterday con un cuarteto de cuerdas, de añadir el célebre piano de aires barrocos (no era un clavecín, aunque lo hizo sonar como tal) de In My Life, y de dirigir la orquesta que debía sonar "hasta el infinito" en este A Day In The Life, que tenéis hoy aquí. 

Pero además fue un individuo apasionado por la tecnología en los estudios de grabación. En su época, el mayor avance eran las grabadoras de dos pistas para el sonido estéreo, que luego se ampliaron a cuatro. Pues bien, Martin, viendo la enorme complejidad que planteaba la idea que tenía el grupo para el álbum Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band, fue el primero del mundo en grabar a ocho pistas... uniendo de manera casi imposible dos máquinas de cuatro. Ciertamente, para esta parte de su trabajo siempre se rodeó de los mejores ingenieros de sonido. Ahí quedan los nombres de Geoff Emerick, Norman Smith o incluso un jovencísimo Alan Parsons más tarde. 

Como homenaje, he querido traer uno de mis temas favoritos del grupo, este magnífico A Day In The Life, que cerraba el álbum Sgt. Pepper's. Se trata de una canción compleja, absolutamente surrealista, y a su manera, conmovedora. En ella, Martin tuvo un papel clave coordinando la orquesta en una grabación que se las prometía caótica: como el grupo quería un sonido que llegara hasta el infinito, entregó a los carísimos cuarenta músicos profesionales la que fue, posiblemente, la partitura más extraña que nunca vieron, en la que tenían que ir desde la nota más baja posible hasta la más alta. Para complicar más las cosas, por allí rondaban varias superestrellas superpsicodélicas y superfashion (Jagger, Richards, Donovan, Nesmith...). Así que la guinda fue la imposición del grupo -en un arrebato de extraño vanguardismo- a que todos los músicos llevaran puesto algún elemento de disfraz mientras grababan. De ahí que podáis ver en el vídeo a la orquesta más extraña y surrealista que nunca haya entrado a un estudio de grabación. Que era lo que querían. 

Y, por supuesto, también podréis ver al propio Martin. Lo encontraréis dirigiendo a la orquesta con una enorme nariz postiza (no se libró del asunto del disfraz) y, más tarde, departiendo con Lennon. 

Si hay algo más allá, es bastante probable que ahora ya estén departiendo de nuevo. Sin más, A Day In The Life




Hasta la próxima. 

sábado, 5 de marzo de 2016

Up the Junction, Squeeze, 1979


Up the Junction es, para quien escribe, uno de los grandísimos temas de una época estelar dentro de la historia de la música pop, la escena británica de finales de los setenta. Allí se mezclaban tanto los modernísimos punks y new waves (a menudo, musicalmente, primos hermanos) con unos renacidos mods, y con otra fauna bien distinta pero tampoco muy lejana que se desvivía por el ska. 

Si a éstos se les sumaban los coletazos del hard rock -a punto de transformarse en algo muy distinto de la mano de Mötorhead- y los mastodontes sinfónicos llenaestadios, francamente, no me hubiera importado sintonizar la radio de aquella época. Y no es porque físicamente no pudiera: el problema es que en España, un niño de cinco o seis años -servidor- tenía más en común con Torrebruno y Mazinger Z que con toda esta pléyade punk y new.

Así que para poder disfrutar de aquella explosión tuve que esperar varios años, hasta crecer y tener curiosidad por la música. Lástima que ya no quedaban ni punks, ni new waves, ni mods, esto es, que no fueran unos nostálgicos bastante trasnochados. Así que los demás tuvimos que rescatar a aquella música de una forma un tanto particular. Porque uno aprende que es así como las generaciones posteriores a un fenómeno musical acabamos creando esa palabra tan trillada y, en cierto modo, espeluznante, que es "clásico" para definir algo que, en su principio, era justo lo contrario, pura energía y explosión. Creo que ahora algunos chavales empiezan a hacer lo mismo con nuestros formidables grupos de britpop de los noventa. Hay que joderse: sic gloria mundi transit

Metafísica y patafísica aparte, Squeeze fue uno de aquellos grupos cool del momento. Si bien su carrera sigue en activo, su gran momento fueron finales de los setenta y la década de los ochenta. Y su gran año, 1979. Por entonces, lanzaron su segundo álbum, Cool For Cats, del que editaron cuatro sencillos. Dos de ellos, el homónimo del LP y el tema de hoy, se alzaron hasta las mismísimas puertas del número uno. 

Personalmente, entre ambos, me quedo con este Up the Junction, un tema bellísimo con una estructura musical bastante cautivadora por lo particular: no encontraréis ningún estribillo. Inspirada por una serie de televisión de igual nombre dirigida en 1965 por nada menos que Ken Loach -a su vez a partir de un libro de historias cortas del escritor Neil Dunn-, cuenta la historia de un matrimonio de clase obrera que empieza feliz... y que acaba como el mismo rosario de la aurora. La misma potencia del relato tuvo que ver con la eliminación de todo estribillo, ya que la banda pensó que así la canción ganaba en fuerza narrativa. 

Como fuera, supuso el espaldarazo definitivo de la formación. Por cierto, y ya que estamos en honduras musicales, ahí van dos datos para los más sibaritas. O frikis, depende de cómo se mire. Desde hace casi 25 años, se emite en la BBC un respetadísimo show llamado Later With... Jools Holland, por donde ha pasado todo bicho viviente con nombre musical. Su presentador, Jools Holland, no es otro que el primer teclista de Squeeze, el mismo que podéis ver en el clip con aire macarra y habanazo en boca. 

Y ya puestos con el clip, el segundo dato: nunca diríais dónde se grabó. Va, os lo digo yo: es la cocina de la casa de John Lennon donde grabó el inolvidable vídeo de Imagine. Sí, sí, la cocina. 

Es lo que tenían los muy iconoclastas finales de los setenta en el Reino Unido. 







Hasta la próxima. 

lunes, 11 de enero de 2016

Ashes to Ashes, David Bowie, 1980


Hoy es uno de esos días que la mayoría de la gente guardará en su memoria. Es lo que tiene cuando se va uno de los grandes. Pero grandes de verdad. Porque Lemmy es grande, desde luego. Como otros tantos iconos del rock: Marc Bolan, Keith Moon, Brian Jones, Bon Scott, casi nada. Pero tan sólo muy, muy pocos tienen un espacio especial reservado en esa memoria colectiva gracias a la cual, por más años que pasen, siempre estarán ahí sus nombres. Son los Lennon, Freddie, Hendrix, Jackson, Morrison, Cobain… y ahora Bowie.

Es sintomático que mientras que se suceden las noticias de gran impacto -un recientísimo y turbulento proceso de elección de presidente en Catalunya; una infanta de España en el trance de ser juzgada ¡o salvada por la fiscalía!- hoy todo el mundo, piense como piense, viva donde viva, está dedicando un momento a darle un último homenaje al gran Duque Blanco. No es para menos con quien nos ha hecho viajar como pocos con su música. O mejor dicho, con sus músicas.

Porque Bowies han habido tantos como décadas ha actuado: de hecho, lo correcto sería decir que han habido más Bowies que décadas. Desde el estiloso mod, hasta el héroe del glam, parche al ojo. Desde el frío berlinés hasta el duro ochentero de Tin Machine. Y de ningún modo puede decirse que uno de ellos sea superior a los otros. A lo sumo, diferentes. Personalmente, me quedo con su era glam, donde igual encarnaba a Ziggy Stardust que se preguntaba si había vida enMarte, algo muy propio en quien describió como nadie la llegada a la Tierra deun hombre de las estrellas. Aunque diciendo esto sé que soy injusto. ¿Cómo dejar a un lado Space Oddity, Heroes, Under Pressure junto a Queen? ¡Si hasta su último trabajo, Blackstar, casi póstumo, sigue demostrando que hasta el final ha sido el puto amo!

Hace pocos días estuve en el Museo del Espacio de Toulouse. Allí pude subirme a la cápsula Soyuz en la que los astronautas rusos -y después también los europeos- se entrenaban antes de ser lanzados. Pues adivinad lo que se me vino a la cabeza -me asaltó inconscientemente- en cuanto me encajé en el estrecho sillín del piloto (el central) allí entre botones y palancas: “Ground Control, to Major Tom…”. ¿No hace eso grande a quién ha creado a un personaje en una canción? ¿Que un anónimo turista evoque tu canción sólo por el hecho de estar en un sitio que ni siquiera aparece realmente en la letra?

Y es que cuando Bowie creó en 1969 al Mayor Tom, no pudo imaginarse hasta qué punto fabricó a uno de los héroes literarios de la historia del rock. Aquel mismo astronauta que perdió el juicio (o lo recuperó, según se mire) y optó por marcharse junto a su cápsula al espacio volvería dos veces más a la escena de la mano de su creador, la segunda de ellas en 1980 en otro tema histórico no menor que el primero, este Ashes to Ashes, que es mi particular homenaje.


Cenizas a las cenizas. Que es lo que quedará del hombre, desde luego, pero nunca del músico. Y menos todavía, del mito. 




Hasta la próxima.  

jueves, 22 de octubre de 2015

Queenie Eye, Paul McCartney, 2013


Sí, sí, "Paul McCartney" y "2013" en el mismo lugar. Y encima, junto a un temazo -que si no, no estaría aquí- de esos que dejan en evidencia a buena parte del star system actual. Porque si una de las mejores composiciones de aquel año la hizo un señor que por entonces calzaba 71 tacos, igual es para hacérselo mirar.

Pero claro, ese tipo no es otro que McCartney. Alguien capaz de hacer rock and rolls trepidantes, baladas sensibles -y a menudo sensiblonas, por qué no decirlo-; de meterse en el mismo estudio con personajes tan distintos como Michael Jackson o Kanye West; de liarse la manta a la cabeza y tocar en el escenario junto a los dos Nirvana supervivientes; de componer sinfonías clásicas. Alguien capaz de componer enormes piezas tan galácticamente alejadas como Hey Jude y Helter Skelter con apenas semanas de diferencia; de tocar la práctica totalidad de instrumentos musicales disponibles en cualquier estudio de grabación y hacerlo como el mejor session man... ese alguien puede hacer lo que quiera y salir airoso.

Y como tal ejerce. Así que hace un par de años volvió al estudio -que nunca ha dejado- y se marcó un tema pop perfecto de esos que ya quisieran firmar unas cuántas bandas indies. Es el que tenéis delante, Queenie Eye. De hecho, en mi opinión, es de las mejores piezas de Paul en los últimos tiempos.

El vídeo es de esos que tanto le gustan al ex Beatle: rodeado de amiguetes, que en su caso, suelen ser nada menos que Johnny Depp, Meryl Streep, Jeremy Irons... y unos cuantos más que os dejo descubrir en el clip. Por cierto, los mitómanos beatlemaniacos (por lo tanto, hermanos míos de fe) descubriréis inmediatamente dónde está grabado. Ahí queda.

Un servidor quiere llegar así a los setenta años. Aunque me autodispensaré una bula en el credo vegetariano, que tampoco hay que pasarse.




Hasta la próxima. 


miércoles, 12 de agosto de 2015

Bodies, Sex Pistols, 1977


La de hoy es una canción que, seguramente rompió -y sigue rompiendo- todos los esquemas sobre aquellos cuatro tipos que pusieron patas arriba el Reino Unido a golpe de "no futuro" y pidiendo la más pura anarquía. Porque sí, serían unos nihilistas (aunque ellos entonces probablemente no supieran lo que era el nihilismo) pero a la hora de la verdad, incluso a un tipo como Johnny Rotten se le removía la conciencia, de alguna manera. 

Bodies cuenta la crudísima historia -en algunos momentos en primera persona- de una chica con problemas mentales que tuvo que abortar. Cabía la posibilidad de que hubiera sido violada por uno de los cuidadores de la institución donde había estado internada. Quiere la leyenda que un día, convertida en fan de la banda, se presentó en la puerta de la casa de Rotten ataviada simplemente con una bolsa de plástico, y llevando en otra... a un feto. 

Si esto fue así, es comprensible la desazón del líder de la banda, en plena carrera al estrellato. Rotten, muy impresionado, acabó escribiendo el tema de hoy, uno de los más agresivos con diferencia de la breve discografía de los Sex Pistols, tanto en sonido como en lenguaje. 

A su manera extraña, resulta ser un tema conmovedor. Y, dicho sea de paso, uno de los más controvertidos, no sólo ya por su lenguaje. Su contenido, que empatizaba enormemente con el drama de aquella chica, acabó siendo el pretexto para que fuera reinvidicado como... sí, un tema antiabortista por parte de los grupos "pro vida" más conservadores. Ver para creer: ¡tipos propios del Tea Party o de los más rancios tories enarbolando un tema de los Sex Pistols, y de los más ruidosos!

La verdad es que el margen de duda estaba ahí, escuchando la canción. Tuvo que ser el propio Rotten quien, tiempo después tuviera que matizar que no era un tema antiabortista, aunque tampoco fuera proabortista. Afirmó que, simplemente, quiso describir un drama personal, del cual era difícil mantenerse al margen. Incluso para el cantante de la mayor banda punk de la historia. 

Fuera como fuera, escribió una canción que difícilmente no pega una sacudida a todos los niveles cuando se escucha. Independientemente de lo que uno piense. Y, tal vez, ahí esté su gran valor. 




Hasta la próxima. 

viernes, 7 de agosto de 2015

Feeling Good, Muse, 2001



Es cierto, no estáis soñando. Apenas han pasado dos días desde la última Píldora, y aquí tenemos otra. Casi como en los viejos tiempos. Bien, no puedo garantizar un ritmo diario como aquél, pero haremos todo lo posible por darle más ritmo a la cosa. Y empezamos de la mano de mis queridos Muse, esos fanáticos de la ciencia-ficción, la épica, el rock duro y el barroquismo más absoluto, de los que alguien definió su música de la siguiente manera: "al escucharla te dan ganas de invadir algún país". Lo que no deja de ser cierto en algún que otro tema. 

Apreciaciones subjetivas aparte -y detractores entre los puristas del heavy metal descartados- estos tipos hacen una música de primera, y con un personalísimo criterio. En varias ocasiones, he dejado escrito que las buenas versiones no son tanto las que copian literalmente la original, como aquellas que el intérprete transforma de arriba abajo hasta hacerla suya por completo. Como adivinaréis, este último es el caso de Muse en el post de hoy. 

Feeling Good se creó como una pieza del musical de 1964 The Roar of the Greasepaint - The Smell of the Crowd, del que desconozco si alguna vez se llegó a estrenar en España. En aquel momento, la canción no pasó con demasiada gloria. Tuvo que esperar a que un año más tarde, en 1965, nada menos que Nina Simone hiciera su inmortal y conocidísima versión. 

- ¡Un momento! ¿Nina Simone y me trae usted a estos frikis del espacio, Sr. Alberca?- Hay dos motivos para tal aparente extravagancia. El primero es simplemente material. No he tenido narices de encontrar un vídeo con la diva marcándose la canción, más allá de los consabidos youtubes con fotos. Si alguien lo encuentra, muy gustosamente le daré las gracias. 

El segundo motivo es mucho más interesante. Y es que la versión que hizo Muse en 2001, que incluyó en un sencillo junto a Hyper Music, está considerada por muchísima gente como la mejor o una de las mejores interpretaciones jamás hechas de una canción. Casi cualquiera se atreve con Yesterday guitarra en mano y voz cansina, pero con esto, y encima con el precedente nada menos que de Nina Simone... amigos, son palabras muy mayores. Pues bien, Muse simplemente lo bordó. Ahí quedan las encuestas realizadas por medios como la revista New Musical Express o la BBC en persona. 

Una anécdota añadida a la versión de hoy es que, si os acordáis, aparecía hace unos años en un anunció de Nescafé. Pero, cosas de las multinacionales, entre tanta gente y tanto papeleo se les "olvidó" pagar royalties a la banda británica. Así que ésta litigó, ganó, y Nestlé... bien, sustituyó su versión por la de Nina Simone. Como epílogo, el grupo donó el dinero de la indemnización a Oxfam. Porque se puede hacer música que suene como si fueras a arrasar dos planetas juntos, pero siempre es más inteligente destinar el dinero a mejorar el que tenemos.  

Y dejo de dar la barrila para que os metáis ya en el turrón, que cualquiera no se siente bien escuchando esto. 




Hasta la próxima. 

miércoles, 5 de agosto de 2015

Brain Damage/Eclipse, Pink Floyd, 1973


Qué dificil es cansarse de algunas canciones. Y, en el caso de Pink Floyd, de algunos discos de arriba a abajo. Es el caso del inconmesurable Dark Side of the Moon, que ya ha aparecido por aquí en alguna otra ocasión.

Uno de los momentos estelares del mismo es su final, formado por dos canciones unidas entre sí, Brain Damage y Eclipse, consideradas por muchos de lo mejor de la banda británica, que ya es decir. Aunque a veces, el ser tan conocidas no es señal de saber su nombre correcto. Como a menudo pasa, cuando dos temas van empalmados en un álbum, es frecuente confundirlos como si fueran uno. Pero es que, en el caso de hoy, además es muy común rebautizarlos como nada menos que... "Dark Side of the Moon". La causa es muy simple: es en esta parte del disco donde se cita en la letra el nombre del mismo.

En descargo de los confundidos, no van tan mal como pudiera parecer. Cuando Roger Waters compuso los primeros esbozos de Brain Damage, su título previsto era precisamente el que acabaría siendo utilizado para el álbum. Y dejó el mucho más inquietante "daño cerebral" para describir una más de las canciones que dedicó a su amigo y ex compañero de grupo, Syd Barrett, aquejado de desequilibrio mental agravado por un enorme abuso del LSD. 

No fue la única vez que Barrett recibiría canciones dedicadas, como ya vimos en la Píldora relativa a Shine On Your Crazy Diamond, otra joya de la banda. Sin embargo, no todo fue tan bucólico. Muchos sostienen que Waters, de carácter fuerte, aprovechó el desequilibrio de Barrett -líder de la banda durante sus primeros años- para acabar dándole la puntilla en 1968 y hacerse con el control de todo con el visto bueno de los demás. Y sí, dedicó bellísimos temas a aquél... pero no lo vio durante los seis años que transcurrieron desde 1969 hasta que un irreconocible Barrett -engordado, rapado al cero y sin cejas- visitó en 1975 al grupo mientras grababa... precisamente Shine On Your Crazy Diamond. Una escena que debió de ser sobrecogedora. Y que no se repetiría nunca más en los largos años que quedaban hasta la desaparición de Barrett en 2006. Probablemente haya un poco de todo: un grupo que estaba despegando veía como su brillante líder se hundía. Y para sobrevivir... bueno, acabaron prescindiendo de él. Aunque no sin alguna sincera aflicción. Dicen que Waters lloraba en la famosa visita de su ex colega en 1975. 

Como fuera, lo único cierto es que aquella relación extraña con una enfermedad mental de fondo acabaría dando lugar a algunos momentos irrepetibles de la historia del rock. Y que os dejo disfrutar tanto como yo mientras preparaba estas líneas.


Os dejo dos clips. El primero incluye la filmación del proceso de grabación del tema. Allí se puede ver como Waters cortaba el bacalao, el virtuosismo de Gilmour a la guitarra... y a un mostachudo Mason que parece recién haberse acabado algún cigarrillo de la risa. O dos. 

El segundo clip simplemente incorpora los dos temas seguidos con la letra en plan karaoke. No tiene más tema que el escucharlos de manera seguida tal y como aparecían en el álbum.  



Letra de la Píldora. 



martes, 30 de junio de 2015

Repent Walpurgis, Procol Harum, 1967



La de hoy es una Píldora que hará las delicias de los aficionados al rock sinfónico... y de unas cuantas cosas más. Porque en pocas partes pueden entrar a la vez y en el mismo sitio gente como los Madcon, Bach, la brujería, el cine de terror setentero español y hasta los Illuminati, esos tipos que, según algunos, controlan hasta cuando vamos al lavabo.

Pues bien, pildoreros, éste es el único post donde encontraréis todo ello entremezclado y bajo una de las mejores piezas de Procol Harum, aquellos muchachos que se hicieron famosos en todo el mundo cantando a la blanca palidez de una muchacha. Empecemos. 

Y lo haremos por lo más conocido. Hace unos ocho años, un par de noruegos con un desacostumbrado aspecto más bien poco nórdico, se hicieron de oro con un tema titulado Beggin'. Estos tipos, que obedecían al nombre de Madcon, simplemente se limitaron a versionar un antiguo tema de 1967 que ya fue famoso en su día de la mano de los Four Seasons, al frente de los cuales estaba el inefable Frankie Valli. Sí, el mismo Frankie Valli que grabó la primera versión de la inolvidable Can't Take My Eyes Off You

Pues bien, poco después de que los Four Seasons lanzaran Beggin', Matthew Fisher, teclista de Procol Harum, quiso hacer su aportación personal al que iba a ser primer disco del grupo. Así que cogió los acordes de la canción, los ralentizó bajo el sonido de un hipnótico órgano Hammond... y creó el 80% de la canción que tenéis hoy como Píldora propuesta. Para acabar de redondear el resultado, el 20% restante lo encontró casi en el lado opuesto del espectro musical. Concretamente, en el famosísimo Preludio nº1 en Do mayor de Johann Sebastian Bach. Así que, con un  par, su creación tuvo como resultado la suma extraña de dos hits, uno procedente del pop norteamericano más soft y el otro nada menos que del barroco alemán. 

¿Y qué hay de lo de la brujería y todo lo demás del principio? Bien, el resultado musical quedó tan inquietante a su manera, que a alguien le recordó a la noche de Walpurgis, una celebración de origen pagano propia del norte de Europa y a la que el cristianismo pronto consideró propia de elementos de brujería y aún de algo peor. De hecho, se sabe que la fundación de la famosa (más por la literatura de consumo que por otra cosa) orden de los Illuminati tuvo lugar precisamente en la noche de Walpurgis de 1776. Si es que se lo ponen a huevo a Dan Brown, hombre. 

¡Ah, se me olvidaba! Lo del cine español setentero de terror. ¿Pero de verdad no habéis visto la más célebre película nacional sobre el hombre lobo? ¡Ríanse ustedes de Crepúsculo y toda esa panda de pusilánimes cargados de hormonas adolescentes!  



Letra de la Píldora (instrumental). 

Hasta la próxima. 

martes, 26 de mayo de 2015

It's Only Rock 'n' Roll (But I Like It), The Rolling Stones, 1974


Ya me imagino que los que me conozcáis bien, al ver el título de la canción de hoy y la movida de las últimas semanas habréis imaginado alguna segunda intención... bien, habréis de esperar al final del post para saber si es así o no. 

De momento, vamos a lo que vamos, que no es poco: los Rolling Stones protagonizando uno de los títulos más icónicos de la historia del rock, mil veces utilizado después para casi todo, especialmente en el mundo anglosajón.  

En realidad, podría decirse que el tema de hoy nació como una joint venture entre parte de los Stones -Jagger y Richards, como no- y parte de otra de las grandes bandas de la historia, The Faces, aunque esta vez andaban solos Ronnie Wood y Kenney Jones, sin Rod Stewart y los demás. A cambio, a la juerga se les unió nada menos que David Bowie. Y digo juerga, porque la canción se grabó en los estudios privados que tenía en su casa el mismo Ronnie Wood, una lujosa mansión georgiana en las afueras de Londres. 

La cosa quedó tan bien, que la versión final acabó siendo casi igual a la original, pero grabada ya por la formación de los Stones. La misma que veis en este vídeo, que a pesar del ambiente de fiesta que parece despedir fue un auténtico coñazo. Se vistieron de marineros porque la espuma del final estaba hecha a base de detergente, y no querían arruinar sus lujosas ropas. En un momento cercano a la finalización del clip puede verse la cara de mala leche del por lo demás impasible Charlie Watts, que veía su batería inutilizada en tamaña fiesta de la espuma. 

Por cierto, fue la última vez que se pudo ver como guitarrista del grupo a Mick Taylor, que en breve sería sustituido por... sí, por el anfitrión de aquella sesión-juerga donde se gestó la canción, Ronnie Wood. No hay nada como poner la mansión de uno para que te dejen entrar en la (segunda) mejor banda de rock de la historia. 

Espero que os guste. Por cierto, sí: el título va con segundas. 



Hasta la próxima. 

lunes, 13 de abril de 2015

The Love of Richard Nixon, Manic Street Preachers, 2004


En una deuda antigua contraída con un ilustre, ilustrísimo, seguidor de este blog, comprometí una Píldora al respecto que no llegó a formalizarse por las tropecientas vicisitudes de mi vida extrabloguera. Como fuera que me ha sido recordada, y como toque -además- al espaciamiento pildoril de los últimos tiempos, preparo el post de hoy tanto para saldar una cosa como para enmendar la otra.  

Los Manic Street Preachers son un grupo que han aparecido varias veces por aquí. Y si son conocidos por algo, aparte de su indiscutible calidad musical (y comercial), es por sus letras políticamente muy comprometidas. Por eso sorprende un poco el tema de hoy. Uno podría esperar que quien ha hecho un número uno con una canción inspirada en los perdedores de la Guerra Civil española, no sienta demasiada compasión por un personaje como Richard Nixon, trigesimo séptimo presidente de Estados Unidos y bien conocido por aquellos pagos como Tricky Dicky -"Ricardito el Tramposo"-  por su poco limpio juego en política. De hecho, ha sido el único presidente en dimitir por un escándalo político. Eso sí, era nada menos que el Watergate.  

Sin embargo, el tema de hoy casi deja bien a Nixon. De alguna forma, se quedó con una parte indiscutiblemente positiva de su carácter, como era una perseverancia a prueba de bomba. Si Kennedy era el niño mimado de América - y de família más que bien- Nixon procedía de abajo y en su carrera sólo contó con su esfuerzo... y con sus pocos miramientos, a decir verdad. Y parece quedarse aquí la canción. Dando a entender que si no hubiera existido el Watergate, Nixon no hubiera sido visto como alguien tan negativo. Lo cual hizo preguntar a mucha gente el por qué de esta canción al grupo británico. 

Y pudo ser algo tan simple como contrastar este perfil trabajador e incansable con el bajísimo que mostraba George Bush hijo en aquel momento, a dos semanas de su reelección presidencial, en 2004. Vamos, que la idea tal vez era dejar a Bush como un auténtico pelele, en comparación con el protagonista de nuestra Píldora de hoy. 

Como fuera, The Love of Richard Nixon tuvo un éxito enorme a finales de aquel año, y se quedó apenas a las puertas del número uno en el Reino Unido. Pero, cosas que pasan, en los Estados Unidos, casi ni se enteraron. Cosas que tiene ser un imperio que lo ve todo muy pequeño desde su atalaya. 

Y sin más, dejo aquí saldada la vieja deuda con mi gran comentarista RMN. Siglas que, por cierto, corresponden a... bien, deducidlo vosotros mismos. Más fácil, imposible. 




Hasta la próxima. 

domingo, 29 de marzo de 2015

Lady Madonna, The Beatles, 1968



Cuando se es un dictador de tendencias, uno se puede marcar salirse de la nota, y encima provocar que todo el mundo vaya detrás tuya. Si además, este dictador tiene forma de cuatro tipos como los de hoy, simplemente, alteran la historia de la música rock. 

Algo así fue lo que sucedió más o menos hace 45 años, por estas mismas fechas. Desde finales de 1966, toda la música se había teñido de los colores psicodélicos procedentes de Estados Unidos, de los efluvios amorosos (y lisérgicos) de San Francisco. Fue un alto en el tiránico dominio británico de la escena musical y cultural, e influyó hasta tal punto que incluso los Beatles se apuntaron a él. Eso sí, de una manera tan magistral, que su gran disco psicodélico, Sgt. Pepper's, acabaría siendo considerado por muchos como el mejor de la historia pop. 

Sin embargo, a principios de 1968, ya estaban un poco hartos de tanta paz y amor. Cierto día, Paul McCartney, jugando con el piano, quiso reproducir algo parecido a un boogie-woogie. Como fuera, aquello le recordó a su admirado Fats Domino, una estrella del rock and roll de los años cincuenta cuya marca distintiva era un omnipresente piano. Así que terminó componiendo una canción que se salía completamente de los estándares psicodélicos del momento: era Lady Madonna, y aún hoy se considera el punto inicial de un retorno al rock and roll más primitivo que dominaría el estilo de los siguientes años. 

Fijáos como la música de entonces cambiaba y evolucionaba a una velocidad vertiginosa: lo que era lo más en 1965, sólo tres años más tarde parecía poco menos que jurásico. Y en buena parte, la culpa era de la increíble capacidad creativa de los protagonistas de hoy. 

Naturalmente, el single alcanzó el número uno en medio mundo, y se convirtió en uno de los temas más conocidos de la banda, que ya es decir. Por cierto, ¿recordáis el intercambio de videoclips que vimos en la última Píldora, de los Smiths? Pues a Lady Madonna le pasó exactamente lo mismo. Prácticamente al mismo tiempo en el que se grababa, John Lennon compuso otro tema, Hey Bulldog, que terminaría formando parte de la banda sonora de la película Yellow Submarine. Tanto le gustaba, que hizo rodar su proceso de grabación como material promocional, y hasta hizo cierta campaña por colocarla como sencillo en vez de Lady Madonna. Sin embargo, el productor George Martin, finalmente se decantó por éste último tema bajo el pretexto de que la impresión de carátulas ya estaba hecha, y el clip terminó acompañando a la canción de hoy y no a la que originalmente había rodado.

Para que veáis lo que os digo, también os dejo el clip de Hey Bulldog. Cualquier coincidencia entre ambos... pues eso. Ya veis, hoy, dos Píldoras beatlemaniacas en una.   









Hasta la próxima.