miércoles, 31 de diciembre de 2025

It Came Out Of The Sky, Creedence Clearwater Revival, 1969


 ¡Pues otro año más! Otro año de algunas grandes experiencias (¿habéis entrado a una auténtica pirámide egipcia o visto la galaxia Andrómeda con vuestros propios ojos? Yo sí...) y de una enormidad de pequeños deliciosos momentos. De decisiones importantes pero también de ir viviendo el día a día, como todo minion sobre la faz de la Tierra. Y, por supuesto, otro año más de vagancia para escribir por estos pagos: como ya es tradición, aquí ando el 31 de diciembre por la tarde para insuflar respiración asistida a un blog que otrora fue diario, que tiene casi 1.300 posts (podéis ir contando...) y 1,67 millones de visitas desde sus inicios. Casi ná. 

Pero aquí estamos, y si hoy es 31 de diciembre por la tarde, esto es la redacción de una nueva Píldora musical. ¡Allá vamos! 

Como sabréis los que tenéis Spotify, también cada año -no estamos tan mal, pues- elaboran un resumen bastante completo -wrap, lo llaman- donde te dicen cuántas canciones y podcasts has escuchado durante el año, durante cuánto tiempo, qué artistas has machacado más y un montón de cosas así. Incluso se permiten enseñarte saludos de agradecimiento por parte de algunos de los artistas o podcasters que más has escuchado. La verdad, me hizo mucha gracia recibir videomensajes de Nieves Concostrina y hasta del octogenario John Fogerty, el legendario líder de la Creedence Clearwater Revival, dándome las gracias por haber escuchado sus respectivos contenidos y canciones. Que, seamos claros, con las veces que le genero royalties cada vez que le doy al play a Fortunate Son, Born On The Bayou  o a It Came Out Of The Sky (mi preferida) hasta podría enviarme un aguinaldo por Navidad el bueno de Fogerty. Pero con un saludo ya me conformo. 

Lástima que, al paso que vamos, cada vez voy a recibir menos mensajes de este tipo por parte de los músicos que más escucho. No por que tengan mala educación o un sentido del márketing nefasto, si no por mera causa biológica. Veo complicado recibir a estas alturas un saludo de John Lennon, David Bowie, Lemmy Kilmister o Marc Bolan. Cierto que, con la IA, un día de estos un fan de Paco Martínez Soria en Filipinas va a poder recibir incluso un mensaje personalizado de Don Erre Que Erre en idioma tagalo con acento maño, pero estaréis de acuerdo conmigo en que no es lo mismo que tener al genuino dirigiéndose a uno.

Al fin y al cabo, es lo tiene cuando el mismo algoritmo que genera el resumen -perdón, wrap- de Spotify se permite ponerte tu edad musical en función de lo que escuchas. En mi caso, me ha estampado, así en color rojo y tamaño de media pantalla de móvil, nada menos que... ta-chán, 75 años. Sólo me queda de consuelo pensar que, por fortuna, mi padre tiene un año más, así que todavía me puedo considerar musicalmente joven a su lado. 

Con todo, sí que puedo decir que son 75 años muy bien llevados. Así que he decidido que el tema de hoy (y de este año, de hecho, ja, ja) sea, precisamente, It Came Out Of The Sky, de la Creedence. Para devolverle el cumplido al bueno de Fogerty y porque a mí nadie me imputa 75 años porque sí. Si acaso, porque lo merezca. 

Por cierto, y para ir cerrando la cosa, se trata de un tema de rock sureño donde lo mejor es la letra: en ella, un campesino se encuentra un artefacto alienígena que ha caído cerca suyo cuando iba en su tractor. A partir de ahí, la letra se vuelve una sátira disparatada donde aparecen elementos tan dispares como Hollywood, la Casa Blanca, los mass media, el Vaticano o el mismísimo Ronald Reagan cuando era aún gobernador de California. Como curiosidad, en Estados Unidos el tema, publicado en el álbum Willie and the Poorboys, nunca fue single, mientras que sí lo fue en España, ya en 1970: es la portada (muy fea, todo hay que decirlo) que encabeza el post. 

Pues nada, hasta aquí 2025... y también la Píldora de 2025. Ya sabéis, nunca abandono la fe en volver a subir la frecuencia. Pero cuando uno es un señor de 75 años, todo va más lento, por supuesto. 

Feliz 2026!!! 


martes, 31 de diciembre de 2024

Lucy in the Sky with Diamonds, The Beatles, 1967

 



Bien, ya estamos otro año aquí (¿alguien recuerda cuando cada post era diario?), como siempre, apurando el calendario hasta rozar el larguero. Siempre digo que, tarde o temprano, volveré a escribir más Píldoras con mayor frecuencia. Pero, de momento, esto de hacerlas el último día del año se está convirtiendo en una tradición. Y no será por vagancia: es que entre tanto aquí y allá, mirar y fotografiar planetas y estrellas, y demás actividad cotidiana, el pobre blog ha quedado en estado vegetativo. O, al menos, en recurrente resurrección cada 31 de diciembre. 

Prometo darle más cancha. Como ya llevo prometiéndolo nosecuántos años. Quién la sigue, la consigue. 

Pero vayamos al turrón, quiero decir, a la canción. No creo que necesite demasiada introducción, ni ella, ni el grupo que la firmó, aquellos cuatro tipos que aún hoy siguen ocupando la cima en la música popular de los últimos sesenta años... tras llevar más de 54 disueltos. Ríanse ustedes de las victorias del Cid después de muerto. 

No hace falta ser un entendido del rock ni de los Beatles para asociar Lucy in the Sky with Diamonds con las drogas. Concretamente, con el LSD. Y eso que el propio Lennon -autor de facto- se esforzó en asegurar en que no tenía nada que ver, que todo venía por un dibujo de su hijo Julian. Incluso McCartney se vio en la necesidad de reafirmarlo, a pesar de que no tuvo más remedio que admitir que se trataba de una canción sobre alucinaciones. 

Que la letra estuviera en parte inspirada por Alicia en el País de las Maravillas tampoco ayudaba demasiado a quitarle el sambenito alucinógeno, especialmente desde el momento en que por aquellas mismas fechas contraculturales de finales de los sesenta, un siglo después de ser escrito por Lewis Carroll, el libro empezó a ser asociado de forma poco velada al consumo de estupefacientes. Un ejemplo aún más claro de esto se dio aquel mismo junio de 1967 en que se publicaba el álbum Sgt Pepper's Lonely Hearts Club Band. Fue por entonces cuando los Jefferson Airplane se marcaban un número uno con su White Rabbit, dando correlación total a la novela y el consumo de LSD. La paradoja del caso es que, al igual que Lennon con esta canción, Carroll nunca admitió ni remotamente el efecto de las drogas en su novela, si no una mera motivación también infantil. En el caso del escritor inglés, únicamente querer entretener a niñas y niños con un derroche de imaginación. 

Pero claro, si al final eres una estrella del rock que toma drogas y, entre viaje y viaje de LSD, creas una canción con una letra que es una alucinación, con un sonido que es una alucinación (eso sí, alucinante), y se encuentra en el álbum por antonomasia de la era de las alucinaciones -los psicodélicos finales de los sesenta- ya puedes esforzarte, que nadie va a creerse que todo se debía simplemente a un dibujo de un zagal de cuatro años. Aunque fuera cierto. 

Así que me permito acabar con una moraleja: cuidado con los cuentos y los dibujos infantiles, que a veces parece que los cargue el camello. 

¡Feliz 2025, y cielos claros! 



PS: A ver, que tampoco ayuda a quitarle la fama alucinógena que forme parte de la flipada de película animada que era Yellow Submarine. Menos mal que siempre hay un niño al que echarle la culpa de todo. 



domingo, 31 de diciembre de 2023

Saturn 5, Inspiral Carpets, 1994



Pues nada, seguimos con la tradición de un año, una Píldora, quién nos ha visto y quién nos ve. Y encima, el 31 de diciembre, como si no hubiera tiempo por medio para que nos acabe cogiendo el toro. Sic gloria mundi transit, que decía uno al que debió de pasarle lo mismo cuando los blogs se escribían en papiro y bajo la luz de una vela, supongo. 

En fin, al lío. Hace justo un año trataba sobre la sin igual batalla entre un telescopio y una batería (de las de aporrear) como regalo de Reyes, y que ganó -estaba cantado- el cachivache de mirar hacia el cielo. 

Pues bien, un año después, puedo decir sin duda que es uno de los regalos de Reyes -junto a un piano Roland hace 18 años- que más ha triunfado, con enorme diferencia. Triunfado si lo medimos en términos de uso: desde su primera luz en enero, el bueno del Mak 127 (vamos, el telescopio) no ha hecho más que darme alegrías. Algunas de ellas sorprendentes, como descubrir la enorme paciencia que uno puede tener a la hora de ponerse a preparar y corregir cosas durante todo el proceso que va desde preparar lo necesario, hasta obtener una imagen aceptable, en el caso de una sesión de astrofotografía. 

Otra alegría más previsible ha sido la posibilidad de invertir horas y horas en una curva de aprendizaje casi infinita. Siempre hay algo más allá que saber, mejorar o hacia adónde ir!

Y claro, luego están los resultados: poder ver con tus propios ojos la Gran Mancha Roja de Júpiter, la Nebulosa de Orión, los anillos de Saturno. O captar todo ello en una imagen. Menudo subidón cuando estás procesando lo que has obtenido, y en determinado momento, una imagen algo basta se transforma en un impresionante mar o cráter lunar, con todos sus detalles. Naturalmente, es imposible por la capacidad de las ópticas, pero parece que pudieras ver, si te acercas mucho a la imagen, los trastos que dejaron allí Armstrong y Aldrin en 1969. Os dejo una muestra para que os dé un poco de envidia. Y quién sabe si provoco alguna afición inesperada. Sólo puedo decir que merece mucho la pena! 


Así que sí, en realidad me ratifico lo dicho hace un año: la batería no tuvo la menor oportunidad para un fulano que sigue conservando su primer libro, que tuvo en sus manos con cinco años: aquel "La exploración del Espacio" de editorial Kairós, 1979.

PS: la canción, qué despiste. Y eso que Saturn 5 es uno de los temas que más me molaban -y molan- de los Inspiral Carpets. Aunque, por aquel 1994, un sábado por la noche estándar no era precisamente junto a un telescopio. Si acaso veía alguna estrella, era por haberme pasado con las cervezas. Pero esa es otra historia, para otro día. U otro año.

Feliz Año!!!





sábado, 31 de diciembre de 2022

Sky Full of Stars, Coldplay, 2014

 


Antes de nada, AVISO DE SPOILER: si tienes menos de siete años, o tu madre aún te convence de ponerte un jersey lana con renos a cambio de un Cola-Cao, no sigas leyendo. 

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Bien, aviso realizado, vamos al lío. A partir de cierta edad no demasiado tardía, uno se da cuenta de que los regalos del Día de Reyes no los traen ni tres tipos con turbantes, ni tampoco tus padres -por fortuna para ellos-. Corren mayoritariamente a cuenta y cargo de tu propio bolsillo, de manera que aquellas semanas previas de ilusión por si unos u otros te traían lo que pedías, se convierten con el paso de los solsticios en un "a ver qué me pillo este año que no me suponga un sarao en casa" por motivos de espacio, ruido o incompatibilidades diversas vinculadas a la convivencia civilizada. Vamos, que al menos no molestes al personal con tus mierdas. 

Este año había dos fuertes candidatos a lo más alto del podio: una batería de las de aporrear (naturalmente del tipo "sorda", las otras suponían pena de excomunión y expulsión directa del vecindario) o un telescopio. Ambos objetos forman parte de muy viejas aspiraciones, tanto la musical -es el único instrumento rock que me falta, además de que me encaannnnnta- como la astronómica. Valga decir que conservo aún mi primer libro del que tengo recuerdo consciente: "La exploración del Espacio", de Rafael Clemente, Ed. Kairós, primera edición de octubre de 1979: lo tengo ahora mismo en mis manos. Bueno, en realidad tengo en mis manos el teclado del PC, pero ya se me entiende. Supongo de de ahí derivan los tropecientos libros de ciencia ficción que campan por casa, y la capacidad de ver cualquier cosa que incluya o pueda incluir una nave espacial aunque esté protagonizada por los inconmensurables Hermanos Calatrava (por favor, si alguien aún no ha visto "El Ete y el Oto", ya le falta tiempo, es toda una experiencia sensitiva).

De lo anterior supongo que las mentes más avezadas, y las otras también, habréis adivinado qué opción se ha impuesto. Efectivamente, la del telescopio. Debo decir que jugaba con ventaja: desde que descubrí las espectaculares opciones manuales de la cámara de mi móvil -incluso he llegado a capturar satélites galileanos-, cada vez iba ganando terreno la necesidad de disponer de mejor material de observación y captación de imágenes del cielo nocturnas. No lo llamaremos aún astrofotografía, porque entre lo que hasta ahora he ido haciendo y aquélla hay la misma distancia técnica que entre un palo y la SpaceX. 

Como si fuera poco aviso de la opción previsiblemente ganadora, además llevaba dos meses leyendo/aprendiendo de forma poco sistematizada pero masiva -vamos, lo que es la marca de la casa- todos los rudimentos básicos sobre telescopios, observación astronómica y fotografía del cielo. Así que bien pensado, lo de ser Ringo Starr nunca tuvo este año ninguna opción seria. Carl Sagan jugaba con todos los triunfos en la mano.   

Hostias sí, la canción. Ya se me pasaba por alto. La verdad es que no es de las mejores de Coldplay, y ni siquiera me gusta demasiado. Bien pensado, Coldplay está bien, pero no hay para tanto. Pero joer, el título le va que ni pintado a lo que explicaba y, además, ya había dedicado una Píldora hace 12 años al Alpha de Vangelis, con su Carl Sagan y su Cosmos por medio y todo. Eso sí que era un temazo espacial, pero ya que escribo menos posts que un homo habilis en día de caza del mamut, al menos he tenido la decencia de no reaprovechar canciones ya colgadas. 

En fin, no me enrollo más. Que Feliz Año, nos vemos en la próxima Píldora y os deseo cielos claros. Que se ve que es el saludo que se hace entre sí la gente que mira de noche las estrellas. 

Sky Full of Stars - Coldplay (Spotify)

Letra de la Píldora



viernes, 31 de diciembre de 2021

Glory Hallelujah, Teleman, 2016

Y aquí se acaba una nueva vuelta al sol. Segundo año triunfal donde tantas cosas han sido iguales al primero. Hemos vuelto a lidiar con los que se niegan a ver el meteorito; con los líderes de la tribu que, año tras año, desde que el sol da vueltas sobre los homínidos, denotan incompetencia al mando o a la espera de él; con los que aprovechan el sarao para llevar el ascua a su sardina; con los epidemiólogos metidos a vulcanólogos y vueltos a meter a epidemiólogos; en fin, con toda la fauna y flora que, al igual que los demás, dejan patente día a día su desbordamiento de una forma tan pequeñamente humana... aunque, a diferencia de los demás, intenten demostrar sin éxito todo lo contrario. 

Y también hemos vuelto a tener buenos y malos momentos, como en 2020. En realidad, como si fuera cualquier otro año más. Con la diferencia de que han sido los momentos únicos e inimitables del año que acaba. 

Siempre he considerado que esto de resetear con el cambio de fecha es más gilipollas que el que celebra que lleva siete meses apuntado al bar del gimnasio. Cualquier momento es ideal para resetear cosas, desde uno mismo, hasta el mundo, llegado el caso. Servidor, sin ir más lejos, un bonito y nada destacado día de mayo de 2019, tras una regata de remo bastante aceptable, decidió que no era buena idea seguir con 92 kg y fumando. Poco, pero fumando. Nada de sustos, ojo. Simplemente, un hasta aquí hemos llegado. De un día para otro, sin traumas, y a saber por qué. Tras aquel día, y hasta hoy, cayeron 15 kg, el ejercicio regular se convirtió en máxima, y ni un solo cigarrillo ha acompañado a los cafés diarios ni a los whiskies eventuales. Un día cualquiera de mayo de 2019. Por ponerlo en contraste, el uno de enero de aquel año seguramente me levanté con la preceptiva y reglamentaria moderada resaca que exige la fecha. Más o menos lo mismo que desde 1990 o 1991. Toma año nuevo, vida nueva. 

Así que no hay que darle importancia a la fecha en sí, si no a uno mismo. Los negacionistas seguirán existiendo hasta la negación final, los listos seguirán recibiendo votos, los demasiado listos pagando a los listos. Los tertulianos pontificarán con el mismo desparpajo e ignorancia sobre un virus raro, que sobre la vida extraterrestre, sobre baterías de litio o sobre el mecanismo de ajuste de precios del mercado de gambas de Kuala-Lumpur. Seguiremos teniendo reyes y lacayos, buena gente, mala gente, gente corriente. Seguiremos aguantando e intentando avanzar aunque sea a trompicones, porque así es como lo venimos haciendo. Y lo seguiremos haciendo hasta que nosotros mismos ya no queramos que sea así más.  

Lo cual puede ser que pase un uno de enero, o no. 

Gloria Aleluya!

Glory Allelujah - Teleman (por Spotify)



Letra de la Píldora

jueves, 31 de diciembre de 2020

Spaceman, Nilsson, 1972

 

"¿Dónde estabas tú en 2020?" Seguramente, y si tenemos la suerte de que 2021 y los años siguientes lo permitan, será la pregunta por antonomasia para dos o tres generaciones durante bastante tiempo. También es cierto que la respuesta será casi indefectiblemente "en casa" o "haciendo lo que podía para llevarlo"... y eso, los que hemos tenido suerte, por supuesto, en el que ha sido para casi todos el año más largo de nuestras vidas. Y es que de aquí a nada, nuestras referencias temporales futuras serán "antes de la pandemia", "cuando la pandemia" y "después de la pandemia". Y si no, tiempo al tiempo. 

Porque otra cosa no, pero nos han cambiado hábitos de todo tipo: trabajar en casa sí o sí (de nuevo, los que hemos tenido suerte), aprender dónde podemos ir y donde no según la semana, tener la puñetera mascarilla siempre a mano como quien lleva el móvil, nada de fiestorros multitudinarios -menos si son en Madrid y canta Raphael-, o tener que tomar el cafelito en un banco del parque, por citar algunas costumbres que nos hubieran parecido surrealistas hace doce meses. 

Estos cambios de hábitos también han tenido sus lado bueno, que el que no se consuela es porque no quiere. Por ejemplo, en casa, que somos bastante de hacer actividad física (ya era así antes de la pandemia... ups, lo dije, "antes de la pandemia"), nos ha servido para descubrir maravillosos rincones boscosos en nuestro municipio. Donde, además, podemos apearnos de llevar la dichosa mascarilla. Ah, se siente: el bosque es casi para nosotros solos, y además, estamos haciendo deporte. Hay que agarrarse al clavo que se tiene más a mano. 

Otro hábito que se ha disparado es el consumo de televisión. Mejor dicho, el de plataformas digitales. Desde luego, no he visto más series y pelis en mi vida. Y mira que he visto. La mayoría de ellas no han sido nada del otro jueves, pero en algunas ocasiones se han tratado de hallazgos fantásticos. Y aquí entra la Píldora de hoy, enmarcada en una serie un poco a camino de ambas categorías. Sin ser nada fuera de serie, este 2020 se estrenó la serie Space Force, una comedia muy en el estilo de The Office, aunque sólo sea porque el equipo era el mismo, empezando por su protagonista, un Steve Carell al que papeles como el del pusilánime -tirando para bipolar- general Naird le vienen que ni pintados. 

Pues bien, como tema que abría y cerrada la primera temporada, se encontraba este estupendo Spaceman del inefable Harry Nilsson. Que, mira por donde, a pesar de ser un éxito en 1972 (año 48 a.P., antes de la Pandemia) nunca había llegado a mis oídos hasta este 2020. Y no es que Nilsson me fuera un desconocido, precisamente: de hecho, cualquiera con más de cuarenta y pico habrá escuchado sin duda su maravillosa versión del Without You de Badfinger (o, como mínimo, la versión de Mariah Carey), y si sois además cinéfilos, también sabréis que su Everybody's Talking era el tema central de la gran Cowboy de Medianoche

Así que sí, tener más horas para gastar en las cosas de uno hace que vivas pequeños momentos fantásticos a golpe de descubrir rincones que no conocías: sean en forma de montaña casi a la vuelta de la esquina, o sean en forma de canciones. En realidad, unas y otras siempre han estado ahí, pero han quedado eclipsadas por sus vecinas mucho más lucientes. Y aunque sólo sea por eso, ya tengo algo que agradecerle a 2020. 

FELIZ AÑO!!!



martes, 24 de diciembre de 2019

Christmas All Over Again, Tom Petty and The Heartbreakers, 1992


Casi me emociono al escribir esta Píldora, no tanto por el momento navideño en sí... si no porque es la primera original desde mejor no lo digo, da cosa admitirlo. Pero lo podéis ver mirando la fecha de la penúltima Píldora, la verdad. Aunque si no lo hacéis, tampoco pasa nada, eh.

La cosa es que quería dar una felicitación al personal en redes, como cada año. Pero como todas las fotos familiares en plan Aznar-Botella, o la Gggeina y yo ya estaban cogidas pensé... qué cojones, por qué no hacer una Píldora nueva. Y aquí andamos.

El tema escogido es ideal para estas fechas. Un villancico rock en la más típica onda Mariah Carey... aunque el tema de Tom Petty es dos años anterior. En 1992, Petty recibió el encargo de aportar un tema para la segunda edición del álbum A Very Special Christmas, disco benéfico cuyos fondos iban destinados a las Special Olympics, los juegos dedicados a las personas con discapacidad.

Sin más, aquí os dejo con este temazo buenrollero, en una Píldora nueva. Debe de ser el espíritu de la Navidad, a saber.





martes, 2 de enero de 2018

Don't Look Back In Anger, Oasis, 1996


Sin rodeos: la de hoy, es una de las canciones más memorables de Oasis, sin ninguna duda, un himno del britpop, Y es algo que el propio Noel Gallagher debió de intuir correctamente cuando la compuso, porque casi un año antes de su lanzamiento como single (y más de medio previo a su publicación en aquel fantástico (What's the Story) Morning Glory) ya lo presentó en directo... incluso antes de acabar de componerla. 

Su inspiración no era nada revolucionaria. Como tantas otras veces en el caso de Oasis, el aroma beatle estaba por todas partes, aunque también jugó un papel importante -y se nota- el que también fue en su día otro himno rock. Se trataba de All The Young Dudes, compuesto por David Bowie en 1972, y llevado al número uno por un entonces casi desconocido grupo llamado Mott the Hoople, A través de esta inspiración, el glam rock de los setenta acabaría dándose la mano con el momento culminante del britpop de los noventa. 

Naturalmente, Don't Look Back In Anger alcanzó el número uno en Gran Bretaña, y se convirtió en uno de los mayores hits de aquel 1996

Sin embargo, no fue la última vez en que la canción estuvo en la mente de todos. El pasado mes de mayo, a raíz del atentado durante el concierto de Ariana Grande en el Manchester Arena, el tema volvió a la primera línea. Al día siguiente, unos estudiantes de música de la ciudad -de la cual procedía, precisamente, Oasis- la entonaron, y dos días más tarde, en los funerales, la multitud empezó a cantarla de forma espontánea. El mismo Liam Gallagher, conmovido, envió un inusual mensaje (teniendo en cuenta el intratable carácter del personaje) de apoyo a las víctimas. 

Finalmente, un hecho trágico acabaría por poner a la canción en un lugar mucho más allá del postureo rock, incluso de los himnos. Había entrado a formar parte de la memoria colectiva. 



Hasta la próxima!

viernes, 3 de noviembre de 2017

A Hard Rain's Gonna Fall, Bryan Ferry, 1973


Hay tantos Bod Dylans como casi años lleva de carrera. Casi siempre brillante como compositor pero más irregular en la interpretación, alguien me comentaba reciéntemente que las canciones de Dylan casi siempre gustaban más cantadas por otros. 

Por suerte, de versiones de Dylan hay muchísimas más que de sus propias canciones, lo cual es mucho decir. En todos los estilos: rock, pop, psicodelia, disco... incluso en el treméndamente festivo glam rock.

Éste último es el caso de hoy. En 1973, Roxy Music ya era una de las formaciones punteras de la escena musical británica -y por ende, mundial-. Su estilo en aquel momento estaba totalmente enmarcado dentro del glam rock, eso sí, dentro de la parte menos macarra, como no podía ser de otra manera con Bryan Ferry al frente. 

Precisamente en aquel mismo 73, aprovechando el tirón del grupo, el propio Ferry hizo su debut en solitario con el álbum These Foolish Things, El disco se convirtió en un éxito rotundo enseguida, ayudado por el lanzamiento de su primer single, este A Hard Rain's Gonna Fall de Dylan, al que dio un vuelco completo respecto a aquella apocalíptica canción -originalmente acústica- de 1962

Una versión que a un servidor le gusta tremendamente más que la original. Espero que a vosotros, también.

Epílogo: Ni en las Píldoras suele haber puntada sin hilo. Estos días son complicados en Cataluña: hay mucho en juego. No me voy a extender al respecto, pero está claro que va a llover con fuerza, y la peor parte la vamos a recibir aquí. Es el momento de aguantar la embestida y poner la mejor cara. Por suerte, ya se sabe, a golpe de glam rock, todo se sobrelleva mejor. 




Hasta la próxima.

sábado, 31 de diciembre de 2016

Alive & Kicking, Simple Minds, 1985

Y aquí estamos de nuevo, porque aunque lo parezca... ¡nunca nos hemos marchado! Han faltado los momentos necesarios para ponerse ante el ordenador, pero nunca las ganas de hacerlo. Así que, como prueba de ello, nada mejor que una Píldora para acabar este 2016. Y nada de necrológicas, que musicalmente este año ha sido poco menos que un Waterloo: Bowie, Prince, Cohen, George Michael... y tantos otros más. Menos mal que aún nos queda el bueno de Keith Richards, con dos cojones ahí, aguantando mecha. 

Este 2016 ha tenido de todo, como la propia vida: muchos momentos geniales, otros de esos que se escapan sin enterarse uno en el día a día, y algunos, los menos, para dejarlos correr. Así que para este 2017, le pido sólo que los buenos sean más, y aún mejores, que los anodinos no pasen de ahí, y que los no tan buenos sean todavía menos y que pasen sin dejar demasiada huella. 

¡Y, sobre todo, que hayan más Píldoras! ¡Espero poder estar a la altura! 

Porque, como cantaban los Simple Minds hace más de treinta años, en realidad, siempre he seguido aquí, vivito y coleando. 

Y que dure. 




Hasta la próxima!


sábado, 3 de septiembre de 2016

Civil War, Guns N' Roses, 1993


Hubo un tiempo, a principios de los años noventa, donde parecía que casi todo lo anterior iba a ser barrido por los nuevos tiempos. En Gran Bretaña, los grupos alternativos estaban dejando paso a un puñado de bandas cargadas de ácido y que no tenían complejos en mezclar el rock con la música de baile. De ellos, a su vez, saldrían los grandes brits poco después. 

Mientras tanto, en Estados Unidos, las dictaduras de Michael Jackson, Madonna, Springsteen y demás mastodontes -junto a toda la variedad de música ochentera para yuppies y soñadores aspirantes a serlo- también estaban llegando a su fin. Sólo sobrevivirían aquellos más capaces de adaptarse (adivinad quién), mientras que el resto pasaría a la historia con mayor o menor gloria. 

Esto mismo también estaba sucediendo en la música heavy metal. Aquellas bandas con sobredosis de laca en el pelo muy pronto dejarían de ampliar la capa de ozono con sus excesos capilares. Algunas, se lo cortarían: la mayoría, acabaría en la nostalgia de sus fans más incondicionales. La causa eran aquellos tipos de Seattle que, tras hacer su propia versión de la música de los Pixies, decidieron que el rock duro de la nueva década iba a ser muy diferente. 

Sólo una banda resistió con éxito el embate... al menos durante el principio. Es cierto que no llevaban tanta laca y, desde luego, eran pura energía más allá de las poses diversas. Guns N' Roses, que había alcanzado el éxito en el muy pasado de vueltas año de 1987, conseguiría sobrevivir al terremoto que Cobain y los suyos habían impuesto en 1991 con Nevermind

Cierto es que para hacerlo, tuvieron que dejar atrás todas las aristas sonoras que les habían dado el éxito, para convertirse de facto en una banda con un sonido mucho más barroco, apto para sus cada vez más mastodónticos conciertos. Aunque, desde luego, seguían siendo animales de escenario a todas, todas. 

Civil War es un ejemplo de ese estilo cada vez más grandilocuente que llevaban sus discos. Todos, en su día, alucinamos con sus dos Use Your Illusion, sendas colecciones de temazos capaces de competir -si no en frescura, sí en goce musical- con Nirvana. Balada poderosísima de reminiscencias setenteras de principio a fin (Rose y Slash cada vez ocultaban menos sus influencias musicales), Civil War era un enorme alegato antibélico compuesto por los tres grandes de la banda, los dos mencionados junto a Duff McKagan. Todavía hoy deja flipado ante sus siete minutos y pico, acabados en una coda final memorable.

Eso sí, los años no pasan en balde. Si habéis visto reciéntemente a Axl Rose en el escenario... bueno, ya no es lo mismo, a pesar de mantener su tremenda voz. Me quedo con la bestia que interpretaba Civil War hace nada menos que -uff- veinticinco años. Anda que no.

  




Hasta la próxima. 


sábado, 18 de junio de 2016

Dead Ringer for Love, Meat Loaf & Cher, 1981


Dicen que a veces la vida hace extraños compañeros de cama. Pues bien, en este caso, no sé si de cama, pero musicalmente es una de esas excentricidades que sólo los americanos son capaces de hacer... y salir airosos del intento. Más o menos. Permitidme explicarme. 

¿Cuál puede ser el resultado de poner en el mismo lugar y momento a una ya por entonces estrella del rock duro con aires épicos como Meat Loaf, y a la diva de divas Cher? La respuesta es igualmente inesperada e incluso desconcertante: algo que perfectamente podría haberse incluido en la banda sonora de Grease. Así, sin más. 

Hasta el vídeo hace honor a tamaño resultado producto de tamaño cruce. Y no lo digo por el tamaño del cantante norteamericano, que sería indigno chiste fácil a tirarme en cara con razón. Resulta que vemos en una tasca a un grupo de chavalas, ya con dos comuniones hechas la mayoría, con Cher a la cabeza -y a la cerveza- ataviada cual tabernaria lagarta de V. Visionaria ella, dicho sea de paso, pues aún le quedaban tres años a la serie. De repente, entra en escena una pandilla de chavales que parece sacada de Porky's no sólo por la estética, si no por ese esfuerzo en poner a tipos de veinticinco o treinta años como borrachines estudiantes de bachillerato. Y, por cierto, estos eran decididamente menos visionarios estéticamente que Cher, pues Porky's era contemporánea al clip.

Así que empieza a suceder lo que tiene que suceder. Cher y Meat Loaf se ponen a interactuar cual Olivia y Travolta, y se desata una juerga digna de You're The One That I Want que hasta incluye un repentino cambio de look setentero/hortera por parte de ellos, así sin más, por arte de birli birloque. Y ahí es donde uno ya acaba por desistir entender nada, para dejarse llevar por el inconmensurable espectáculo. 

Porque, desde luego, no será la mejor canción del mundo. Pero divertida, lo es un rato. 

PS: para los que seáis fans de Cher, que de todo tiene que haber en la viña del Señor, deciros que nunca se le ha visto interpretar este tema después, a diferencia de Meat Loaf. De hecho, tras grabar la canción y el impagable clip, jamás se le vio acercarse al asunto de nuevo. Así que me imagino que lo de "extraños compañeros de cama", es más que probable que aquí se mantuviera en su más absoluto sentido figurado. 




Letra de la Píldora.

Hasta la próxima. 

miércoles, 9 de marzo de 2016

A Day In The Life, The Beatles, 1967



Menudo 2016 llevamos. Si dedicara cada Píldora a cada uno de los ilustrísimos que nos han dejado (y sólo estamos a principios de marzo-, este blog sería prácticamente una sección de necrológicas, y no es en absoluto la intención. Sin embargo, hoy, al igual que sucedió hace un par de meses con Bowie, uno debe ponerse en el lugar que toca. Que, en el caso de hoy, es de pie y con el más solemne y sentido respeto. 

Esta mañana comentaba que la pérdida de George Martin, para los que somos de sangre Beatle, es totalmente equiparable a la de Lennon (la recuerdo, aún siendo muy niño, por el impacto enorme de la noticia) y a la de Harrison. Siempre se suele decir que el quinto beatle fue el batería anterior a Ringo, Pete Best, o incluso el primer bajista y amigo de Lennon, Stuart Sutcliffe. No es cierto. Fue George Martin. 

Fue él el tipo que, con su formación clásica y su espíritu de jazz, moldeó el rock and roll casi macarra de aquel grupo que fue presentado por su mánager Brian Epstein -tal vez la otra persona con capacidad de disputar a Martin el título de quinto beatle- por primera vez en 1962. Entonces, éste era el productor de un oscuro sello dependiente de EMI, Parlophone, y se dedicaba sobre todo a grabar comedias. Peter Sellers era uno de sus más famosos producidos. 

Naturalmente, en 1962, la juventud iba bastante más allá. No es que les convenciera demasiado el grupo, pero las voces harmónicas de Lennon y McCartney que oyó en la cinta le parecieron interesantes, y el entusiasmo de Epstein hizo el resto. Así que los contrató antes incluso de haberlos visto. A partir de aquí, cambió todo. Musicalmente, aportó su vasto conocimiento para introducir innovaciones que cambiaron para siempre la historia del rock. Entre otras muchísimas aportaciones, suya fue la idea de grabar Yesterday con un cuarteto de cuerdas, de añadir el célebre piano de aires barrocos (no era un clavecín, aunque lo hizo sonar como tal) de In My Life, y de dirigir la orquesta que debía sonar "hasta el infinito" en este A Day In The Life, que tenéis hoy aquí. 

Pero además fue un individuo apasionado por la tecnología en los estudios de grabación. En su época, el mayor avance eran las grabadoras de dos pistas para el sonido estéreo, que luego se ampliaron a cuatro. Pues bien, Martin, viendo la enorme complejidad que planteaba la idea que tenía el grupo para el álbum Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band, fue el primero del mundo en grabar a ocho pistas... uniendo de manera casi imposible dos máquinas de cuatro. Ciertamente, para esta parte de su trabajo siempre se rodeó de los mejores ingenieros de sonido. Ahí quedan los nombres de Geoff Emerick, Norman Smith o incluso un jovencísimo Alan Parsons más tarde. 

Como homenaje, he querido traer uno de mis temas favoritos del grupo, este magnífico A Day In The Life, que cerraba el álbum Sgt. Pepper's. Se trata de una canción compleja, absolutamente surrealista, y a su manera, conmovedora. En ella, Martin tuvo un papel clave coordinando la orquesta en una grabación que se las prometía caótica: como el grupo quería un sonido que llegara hasta el infinito, entregó a los carísimos cuarenta músicos profesionales la que fue, posiblemente, la partitura más extraña que nunca vieron, en la que tenían que ir desde la nota más baja posible hasta la más alta. Para complicar más las cosas, por allí rondaban varias superestrellas superpsicodélicas y superfashion (Jagger, Richards, Donovan, Nesmith...). Así que la guinda fue la imposición del grupo -en un arrebato de extraño vanguardismo- a que todos los músicos llevaran puesto algún elemento de disfraz mientras grababan. De ahí que podáis ver en el vídeo a la orquesta más extraña y surrealista que nunca haya entrado a un estudio de grabación. Que era lo que querían. 

Y, por supuesto, también podréis ver al propio Martin. Lo encontraréis dirigiendo a la orquesta con una enorme nariz postiza (no se libró del asunto del disfraz) y, más tarde, departiendo con Lennon. 

Si hay algo más allá, es bastante probable que ahora ya estén departiendo de nuevo. Sin más, A Day In The Life




Hasta la próxima. 

sábado, 5 de marzo de 2016

Up the Junction, Squeeze, 1979


Up the Junction es, para quien escribe, uno de los grandísimos temas de una época estelar dentro de la historia de la música pop, la escena británica de finales de los setenta. Allí se mezclaban tanto los modernísimos punks y new waves (a menudo, musicalmente, primos hermanos) con unos renacidos mods, y con otra fauna bien distinta pero tampoco muy lejana que se desvivía por el ska. 

Si a éstos se les sumaban los coletazos del hard rock -a punto de transformarse en algo muy distinto de la mano de Mötorhead- y los mastodontes sinfónicos llenaestadios, francamente, no me hubiera importado sintonizar la radio de aquella época. Y no es porque físicamente no pudiera: el problema es que en España, un niño de cinco o seis años -servidor- tenía más en común con Torrebruno y Mazinger Z que con toda esta pléyade punk y new.

Así que para poder disfrutar de aquella explosión tuve que esperar varios años, hasta crecer y tener curiosidad por la música. Lástima que ya no quedaban ni punks, ni new waves, ni mods, esto es, que no fueran unos nostálgicos bastante trasnochados. Así que los demás tuvimos que rescatar a aquella música de una forma un tanto particular. Porque uno aprende que es así como las generaciones posteriores a un fenómeno musical acabamos creando esa palabra tan trillada y, en cierto modo, espeluznante, que es "clásico" para definir algo que, en su principio, era justo lo contrario, pura energía y explosión. Creo que ahora algunos chavales empiezan a hacer lo mismo con nuestros formidables grupos de britpop de los noventa. Hay que joderse: sic gloria mundi transit

Metafísica y patafísica aparte, Squeeze fue uno de aquellos grupos cool del momento. Si bien su carrera sigue en activo, su gran momento fueron finales de los setenta y la década de los ochenta. Y su gran año, 1979. Por entonces, lanzaron su segundo álbum, Cool For Cats, del que editaron cuatro sencillos. Dos de ellos, el homónimo del LP y el tema de hoy, se alzaron hasta las mismísimas puertas del número uno. 

Personalmente, entre ambos, me quedo con este Up the Junction, un tema bellísimo con una estructura musical bastante cautivadora por lo particular: no encontraréis ningún estribillo. Inspirada por una serie de televisión de igual nombre dirigida en 1965 por nada menos que Ken Loach -a su vez a partir de un libro de historias cortas del escritor Neil Dunn-, cuenta la historia de un matrimonio de clase obrera que empieza feliz... y que acaba como el mismo rosario de la aurora. La misma potencia del relato tuvo que ver con la eliminación de todo estribillo, ya que la banda pensó que así la canción ganaba en fuerza narrativa. 

Como fuera, supuso el espaldarazo definitivo de la formación. Por cierto, y ya que estamos en honduras musicales, ahí van dos datos para los más sibaritas. O frikis, depende de cómo se mire. Desde hace casi 25 años, se emite en la BBC un respetadísimo show llamado Later With... Jools Holland, por donde ha pasado todo bicho viviente con nombre musical. Su presentador, Jools Holland, no es otro que el primer teclista de Squeeze, el mismo que podéis ver en el clip con aire macarra y habanazo en boca. 

Y ya puestos con el clip, el segundo dato: nunca diríais dónde se grabó. Va, os lo digo yo: es la cocina de la casa de John Lennon donde grabó el inolvidable vídeo de Imagine. Sí, sí, la cocina. 

Es lo que tenían los muy iconoclastas finales de los setenta en el Reino Unido. 







Hasta la próxima. 

lunes, 11 de enero de 2016

Ashes to Ashes, David Bowie, 1980


Hoy es uno de esos días que la mayoría de la gente guardará en su memoria. Es lo que tiene cuando se va uno de los grandes. Pero grandes de verdad. Porque Lemmy es grande, desde luego. Como otros tantos iconos del rock: Marc Bolan, Keith Moon, Brian Jones, Bon Scott, casi nada. Pero tan sólo muy, muy pocos tienen un espacio especial reservado en esa memoria colectiva gracias a la cual, por más años que pasen, siempre estarán ahí sus nombres. Son los Lennon, Freddie, Hendrix, Jackson, Morrison, Cobain… y ahora Bowie.

Es sintomático que mientras que se suceden las noticias de gran impacto -un recientísimo y turbulento proceso de elección de presidente en Catalunya; una infanta de España en el trance de ser juzgada ¡o salvada por la fiscalía!- hoy todo el mundo, piense como piense, viva donde viva, está dedicando un momento a darle un último homenaje al gran Duque Blanco. No es para menos con quien nos ha hecho viajar como pocos con su música. O mejor dicho, con sus músicas.

Porque Bowies han habido tantos como décadas ha actuado: de hecho, lo correcto sería decir que han habido más Bowies que décadas. Desde el estiloso mod, hasta el héroe del glam, parche al ojo. Desde el frío berlinés hasta el duro ochentero de Tin Machine. Y de ningún modo puede decirse que uno de ellos sea superior a los otros. A lo sumo, diferentes. Personalmente, me quedo con su era glam, donde igual encarnaba a Ziggy Stardust que se preguntaba si había vida enMarte, algo muy propio en quien describió como nadie la llegada a la Tierra deun hombre de las estrellas. Aunque diciendo esto sé que soy injusto. ¿Cómo dejar a un lado Space Oddity, Heroes, Under Pressure junto a Queen? ¡Si hasta su último trabajo, Blackstar, casi póstumo, sigue demostrando que hasta el final ha sido el puto amo!

Hace pocos días estuve en el Museo del Espacio de Toulouse. Allí pude subirme a la cápsula Soyuz en la que los astronautas rusos -y después también los europeos- se entrenaban antes de ser lanzados. Pues adivinad lo que se me vino a la cabeza -me asaltó inconscientemente- en cuanto me encajé en el estrecho sillín del piloto (el central) allí entre botones y palancas: “Ground Control, to Major Tom…”. ¿No hace eso grande a quién ha creado a un personaje en una canción? ¿Que un anónimo turista evoque tu canción sólo por el hecho de estar en un sitio que ni siquiera aparece realmente en la letra?

Y es que cuando Bowie creó en 1969 al Mayor Tom, no pudo imaginarse hasta qué punto fabricó a uno de los héroes literarios de la historia del rock. Aquel mismo astronauta que perdió el juicio (o lo recuperó, según se mire) y optó por marcharse junto a su cápsula al espacio volvería dos veces más a la escena de la mano de su creador, la segunda de ellas en 1980 en otro tema histórico no menor que el primero, este Ashes to Ashes, que es mi particular homenaje.


Cenizas a las cenizas. Que es lo que quedará del hombre, desde luego, pero nunca del músico. Y menos todavía, del mito. 




Hasta la próxima.  

jueves, 31 de diciembre de 2015

Hay que venir al sur, Raffaella Carrà, 1978




Termina 2015, un año algo demasiado corto en Píldoras (ah, la terrible limitación de 24 horas del día) pero nunca abandonadas: aquí estamos para despedir el año e iniciar uno nuevo. En el que quiero -otra vez- incrementar el número de publicaciones en la medida de lo posible, e igualar la diversión a la hora de escribirlas. Querer es poder, dicen. El que lo dijo vivía en una jornada de 27 horas al menos. 

Como sea, ahí queda por escrito. Dentro de doce meses veremos si esta vez ha habido más palabra por parte de quien escribe. De momento, no me quiero ir de este año sin pasar por caja, y lo hago con una de esas canciones de fiesta de fin de año, por supuesto. Lo malo es que quién pasó sus primeros fines de año frente a una tele en los setenta y a principios de los ochenta, tiene un criterio bastante panderetero, básico y, para qué negarlo, typical Spanish. 

Así que la cosa volvía a andar entre Boney M, Raffaella Carrà o ABBA. También estaba Bertín Osborne o El Puma, pero incluso uno tiene sus límites. Al final, ha ganado Raffaella. ¿Por qué? Ni idea. Pero oye, eso de venir al sur a hacer depénde de qué cosas siempre tiene su gracia. Especialmente si eres del sur (del norte del sur, sí, pero tampoco vamos a andar ahora con geografías complicadas). Además, en Nochevieja esta publi siempre sube la moral trescientos puntos en plena efervescencia cubatera. Aunque se esté fuera de mercado y sólo se salga por ahí a mover... pues eso, el cubata.  

No os descubriré musicalmente nada de una canción que habéis escuchado seguro cientos de veces, y que es para lo que es. Así que me dedicaré tan sólo a desearos un gran año 2016, y a deciros que tranquilos, que hayan más o hayan menos píldoras, siempre habrá alguna para pasar el rato a golpe de música.

Y por supuesto, si además, sois del sur como yo (o del norte del sur. etc.), pues que se nos note, que somos los mejores.  

¡FELIZ AÑO 2016, PILDORER@S!




Hasta la próxima. 


martes, 3 de noviembre de 2015

Love Train, The O'Jays, 1972



Los aficionados a la (buena) ciencia ficción llevamos varios años de enhorabuena en las salas de cine. Si en 2013 Gravity nos dejaba sobrecogidos cada cinco minutos bajo el marco de unas imágenes de la Tierra simplemente espectaculares, un año más tarde viajábamos al confín de la galaxia y de la física cuántica en Interstellar bajo una épica insuperable. Pues bien, para que no hubiera dos sin tres, este año me he quedado simplemente extasiado en la misión de rescate mejor rodada nunca: The Martian

Y que conste que iba con notables reservas. Hace un año, más o menos, leí la novela homónima de Andy Weir, una verdadera joya del género plagada de ciencia y mucho sentido del humor, de la mano del astronauta Mark Watney, un nuevo Robinson Crusoe que deja a MacGyver a la altura del chispas de tu barrio. Amén de tener unos "poderes botánicos" que ya los quisiera para sí el jardinero -aquél de la coleta- de Bricomanía. 

Pues bien, el visionado fue de primera. Ridley Scott ha ejercido de tal, y se ha marcado una película que tardará en olvidarse. Ciertamente, hay bastantes detalles del libro que quedan al margen, pero nada esencial que desfigure a la historia o al personaje de Watney, que a partir de ahora siempre tendrá la cara de Matt Damon cuando vuelva a leer la novela. Lo cual será en breve, para aprovechar el nuevo influjo de la peli. 

Pero esto no es un blog de cine, si no de música. Decía que es una película plagada de ciencia y de humor... pero, sobre todo, de música de los setenta. En la novela, un resignado Watney acaba cogiéndole el gusto al contenido musical del pendrive de su capitana, una fan impenitente de la música disco. Lo cual es aprovechado por Scott para otorgar al film una banda sonora con momentos simplemente insuperables. 

Y es que, además de una buena película, nos encontraremos con secuencias memorables bajo -prestad atención- temazos como Starman, de David Bowie (posiblemente, uno de los mejores momentos de la peli), Waterloo, de Abba (¡sí, en mitad de Marte!) I Will Survive, de Gloria Gaynor o este Love Train de los O'Jays, que da un auténtico subidón cuando aparece en escena. Así que imaginad el cuerpo que se me quedó al salir de la sala: una grandísima película, resultante de un grandísimo libro y salpicada aquí y allá de grandísima música. ¡Si será grande que hasta al final le acaba gustando al bueno de Watney!

Eso sí, no esperéis que suene Life On Mars. Tal vez hubiera sido redundante ponerla. Porque, evidentemente, hay vida en Marte. En forma de astronauta manitas y guasón. 




Hasta la próxima. 

jueves, 22 de octubre de 2015

Queenie Eye, Paul McCartney, 2013


Sí, sí, "Paul McCartney" y "2013" en el mismo lugar. Y encima, junto a un temazo -que si no, no estaría aquí- de esos que dejan en evidencia a buena parte del star system actual. Porque si una de las mejores composiciones de aquel año la hizo un señor que por entonces calzaba 71 tacos, igual es para hacérselo mirar.

Pero claro, ese tipo no es otro que McCartney. Alguien capaz de hacer rock and rolls trepidantes, baladas sensibles -y a menudo sensiblonas, por qué no decirlo-; de meterse en el mismo estudio con personajes tan distintos como Michael Jackson o Kanye West; de liarse la manta a la cabeza y tocar en el escenario junto a los dos Nirvana supervivientes; de componer sinfonías clásicas. Alguien capaz de componer enormes piezas tan galácticamente alejadas como Hey Jude y Helter Skelter con apenas semanas de diferencia; de tocar la práctica totalidad de instrumentos musicales disponibles en cualquier estudio de grabación y hacerlo como el mejor session man... ese alguien puede hacer lo que quiera y salir airoso.

Y como tal ejerce. Así que hace un par de años volvió al estudio -que nunca ha dejado- y se marcó un tema pop perfecto de esos que ya quisieran firmar unas cuántas bandas indies. Es el que tenéis delante, Queenie Eye. De hecho, en mi opinión, es de las mejores piezas de Paul en los últimos tiempos.

El vídeo es de esos que tanto le gustan al ex Beatle: rodeado de amiguetes, que en su caso, suelen ser nada menos que Johnny Depp, Meryl Streep, Jeremy Irons... y unos cuantos más que os dejo descubrir en el clip. Por cierto, los mitómanos beatlemaniacos (por lo tanto, hermanos míos de fe) descubriréis inmediatamente dónde está grabado. Ahí queda.

Un servidor quiere llegar así a los setenta años. Aunque me autodispensaré una bula en el credo vegetariano, que tampoco hay que pasarse.




Hasta la próxima. 


miércoles, 12 de agosto de 2015

Bodies, Sex Pistols, 1977


La de hoy es una canción que, seguramente rompió -y sigue rompiendo- todos los esquemas sobre aquellos cuatro tipos que pusieron patas arriba el Reino Unido a golpe de "no futuro" y pidiendo la más pura anarquía. Porque sí, serían unos nihilistas (aunque ellos entonces probablemente no supieran lo que era el nihilismo) pero a la hora de la verdad, incluso a un tipo como Johnny Rotten se le removía la conciencia, de alguna manera. 

Bodies cuenta la crudísima historia -en algunos momentos en primera persona- de una chica con problemas mentales que tuvo que abortar. Cabía la posibilidad de que hubiera sido violada por uno de los cuidadores de la institución donde había estado internada. Quiere la leyenda que un día, convertida en fan de la banda, se presentó en la puerta de la casa de Rotten ataviada simplemente con una bolsa de plástico, y llevando en otra... a un feto. 

Si esto fue así, es comprensible la desazón del líder de la banda, en plena carrera al estrellato. Rotten, muy impresionado, acabó escribiendo el tema de hoy, uno de los más agresivos con diferencia de la breve discografía de los Sex Pistols, tanto en sonido como en lenguaje. 

A su manera extraña, resulta ser un tema conmovedor. Y, dicho sea de paso, uno de los más controvertidos, no sólo ya por su lenguaje. Su contenido, que empatizaba enormemente con el drama de aquella chica, acabó siendo el pretexto para que fuera reinvidicado como... sí, un tema antiabortista por parte de los grupos "pro vida" más conservadores. Ver para creer: ¡tipos propios del Tea Party o de los más rancios tories enarbolando un tema de los Sex Pistols, y de los más ruidosos!

La verdad es que el margen de duda estaba ahí, escuchando la canción. Tuvo que ser el propio Rotten quien, tiempo después tuviera que matizar que no era un tema antiabortista, aunque tampoco fuera proabortista. Afirmó que, simplemente, quiso describir un drama personal, del cual era difícil mantenerse al margen. Incluso para el cantante de la mayor banda punk de la historia. 

Fuera como fuera, escribió una canción que difícilmente no pega una sacudida a todos los niveles cuando se escucha. Independientemente de lo que uno piense. Y, tal vez, ahí esté su gran valor. 




Hasta la próxima. 

viernes, 7 de agosto de 2015

Feeling Good, Muse, 2001



Es cierto, no estáis soñando. Apenas han pasado dos días desde la última Píldora, y aquí tenemos otra. Casi como en los viejos tiempos. Bien, no puedo garantizar un ritmo diario como aquél, pero haremos todo lo posible por darle más ritmo a la cosa. Y empezamos de la mano de mis queridos Muse, esos fanáticos de la ciencia-ficción, la épica, el rock duro y el barroquismo más absoluto, de los que alguien definió su música de la siguiente manera: "al escucharla te dan ganas de invadir algún país". Lo que no deja de ser cierto en algún que otro tema. 

Apreciaciones subjetivas aparte -y detractores entre los puristas del heavy metal descartados- estos tipos hacen una música de primera, y con un personalísimo criterio. En varias ocasiones, he dejado escrito que las buenas versiones no son tanto las que copian literalmente la original, como aquellas que el intérprete transforma de arriba abajo hasta hacerla suya por completo. Como adivinaréis, este último es el caso de Muse en el post de hoy. 

Feeling Good se creó como una pieza del musical de 1964 The Roar of the Greasepaint - The Smell of the Crowd, del que desconozco si alguna vez se llegó a estrenar en España. En aquel momento, la canción no pasó con demasiada gloria. Tuvo que esperar a que un año más tarde, en 1965, nada menos que Nina Simone hiciera su inmortal y conocidísima versión. 

- ¡Un momento! ¿Nina Simone y me trae usted a estos frikis del espacio, Sr. Alberca?- Hay dos motivos para tal aparente extravagancia. El primero es simplemente material. No he tenido narices de encontrar un vídeo con la diva marcándose la canción, más allá de los consabidos youtubes con fotos. Si alguien lo encuentra, muy gustosamente le daré las gracias. 

El segundo motivo es mucho más interesante. Y es que la versión que hizo Muse en 2001, que incluyó en un sencillo junto a Hyper Music, está considerada por muchísima gente como la mejor o una de las mejores interpretaciones jamás hechas de una canción. Casi cualquiera se atreve con Yesterday guitarra en mano y voz cansina, pero con esto, y encima con el precedente nada menos que de Nina Simone... amigos, son palabras muy mayores. Pues bien, Muse simplemente lo bordó. Ahí quedan las encuestas realizadas por medios como la revista New Musical Express o la BBC en persona. 

Una anécdota añadida a la versión de hoy es que, si os acordáis, aparecía hace unos años en un anunció de Nescafé. Pero, cosas de las multinacionales, entre tanta gente y tanto papeleo se les "olvidó" pagar royalties a la banda británica. Así que ésta litigó, ganó, y Nestlé... bien, sustituyó su versión por la de Nina Simone. Como epílogo, el grupo donó el dinero de la indemnización a Oxfam. Porque se puede hacer música que suene como si fueras a arrasar dos planetas juntos, pero siempre es más inteligente destinar el dinero a mejorar el que tenemos.  

Y dejo de dar la barrila para que os metáis ya en el turrón, que cualquiera no se siente bien escuchando esto. 




Hasta la próxima.