domingo, 8 de diciembre de 2013

Sinfonía nº 7, II mov., Allegretto, Ludwig van Beethoven, 1813



Pongámonos hace exactamente 200 años, el 8 de diciembre de 1813. Estamos en la gran Sala de Baile de la Universidad de Viena. Está a punto de comenzar un concierto en beneficio de los soldados heridos contra Napoleón, el cual en aquellos mismos momentos está en retirada por Alemania y España, preparando la defensa de Francia. 

Los músicos presentes son la flor y nata del momento: pueden reconocerse, entre otros, al violinista Ludwig Spohr, al contrabajista Domenico Dragonetti o nada menos que al compositor Antonio Salieri, ya mayor y muy lejos de sus supuestas polémicas de décadas atrás con Mozart. Frente a todos, actuando como director de la inigualable orquesta, y ante una abigarrada audiencia de nobles, burgueses y generales engalanados con rutilantes uniformes de múltiples colores, el mayor músico de su tiempo y, tal vez, de la Historia: Ludwig van Beethoven. 

Aquel día, Beethoven, pasados los cuarenta años y ya entonces convertido en la celebridad que es ahora, estrenaba su Séptima Sinfonía, la cual se empeñó en dirigirla personalmente. Aunque tiempo atrás había sido admirador de la Revolución Francesa y de Bonaparte hasta el punto de casi dedicarle su Tercera Sinfonía "Heroica", acabó detestando al corso por considerarlo traidor a sus propios ideales además del responsable de las catástrofes que asolaban Europa. Por eso consideraba de lo más propio estrenar su nueva gran obra en beneficio de los caídos frente al "libertador" convertido en tirano.  

Tras el primer movimiento, vivace, arrancaron los acordes del segundo. A pesar de que no era un tema lento, contrastaba notablemente con la alegría de su antecesor, ensalzando así unos acordes cargados de dramática majestuosidad y solemnidad. El resultado no se hizo esperar. Allí mismo, el público pidió que se interpretara de nuevo: desde aquel mismo instante, quedó como una de las piezas más populares de toda la música clásica. 

Y tan popular. Hasta el punto de que, aún hoy, doscientos años después, no sólo sigue siendo frecuentemente interpretada -en el caso que os propongo, por parte del director alemán Carlos Kleiber en 1983- si no que es constantemente utilizada en bandas sonoras de cine. De todas ellas, me quedo con la que el director Tom Hooper hizo servir en la magnífica película El discurso del rey, donde ponía fondo al momento culminante del film, aquel en el que Colin Firth, encarnando al tímido y tartamudo Jorge VI, pronunciaba perfectamente su discurso a la nación anunciando la entrada de Gran Bretaña en la II Guerra Mundial. Si no lo habéis visto, os lo recomiendo. Es un momento, simple y llanamente, sobrecogedor.   

Y sin más, os dejo viajar de una vez a aquel frío día de diciembre de 1813. 



Letra de la Píldora. 

Hasta la próxima. 

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