martes, 10 de septiembre de 2013

When I'm Sixty-Four, The Beatles, 1967


Cumplir años es una de las mayores preocupaciones del ser humano una vez que se cruza cierta frontera de edad. Evidentemente, cada uno se lo toma como se lo toma, pero a muy pocos deja indiferente. Así que es normal que en la larga historia del rock también hayan habido numerosas canciones en las que sus autores han dejado constancia de ello. 

Tal vez, la más famosas de todas ellas sea la de hoy, tanto por sus firmantes como por pertenecer al que para muchos es el mejor álbum pop jamás compuesto, el Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band que The Beatles lanzaron en el psicodélico año del amor de 1967. 

Puede sonar extraño que Paul McCartney, a la sazón con 25 primaveras, firmara (junto a Lennon) una canción en la que reflexionara sobre unos por entonces lejanos 64 años-ahora tiene 71-, y en un disco que era una apoteosis de la juventud lisérgica de finales de los años sesenta. En realidad, se trata de una canción cuya génesis es mucho más antigua, de cuando el muchacho contaba apenas 15 años. Entonces, medio compuso una pieza en la que una ya reconocible melodía en clave años 20 iba acompañada de una letra desde luego más juvenil. Algo más tarde, en su época heroica de conciertos en Hamburgo, antes de saltar al estrellato, Paul tocaba estas mismas notas en el piano del escenario justo después de que los altavoces reventaran tras horas de ruidoso rock and roll, para calmar un poco el ambiente.  

Pero fue todavía más años después, en un momento en el que la banda estaba ya en la cresta de la ola -a finales de 1966- cuando McCartney recuperó definitivamente la melodía para terminar la canción. Entonces, entre flamantes bigotes, largas patillas y camisas floreadas, le añadió una nueva letra dedicada a su padre (el músico de jazz Jim McCartney), que acababa de cumplir, precisamente, 64 años. Fue un poco una especie de regalo de cumpleaños, que acabó incluido nada menos que en Sgt. Pepper's: por fin, las lejanas notas de la adolescencia quedaron inmortalizadas para siempre transformadas en un canto a la segunda madurez. 

Y eso mismo es lo que quiero también hacer hoy: dedicárselo a mi padre, que cumple, cómo no, 64 años. Justo a las "diez y seis" de la tarde, como se estilaba escribir en 1949. Felicidades, Papá. 





Hasta la próxima. 

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